viernes, 9 de septiembre de 2016

BUNBURY: DISFRUTARLO SIN SER FAN

Enrique Bunbury, genio y figura
Si la melomanía adquiriera tintes deportivos y hubiera una clasificación en la noble práctica de la Bunburymanía (permítaseme la expresión) a buen seguro que el que escribe estaría luchando por salvar la categoría. Y podría afirmar con rotundidad que varias decenas de mis seres queridos y muchos conocidos andarían en una encarnizada batalla por los puestos Champions cuando no peleando por el título de Campeón en fidelidad y vastos conocimientos de la obra de este maño universal. El género musical no pasa por ser uno de mis fuertes. Me considero más de canciones que de artistas o géneros. Quienes han sufrido mi música saben de que hablo. Frank Sinatra puede esperar paciente su momento a que las palmas de los Gipsy Kings dejen de sonar. Freddie Mercury puede continuar su show entre el carro de Manolo y la Pantera de Mónica Naranjo. La anarquía hecha caos. Un totum revolutum melódico. En esos tiempos mozos en el que a todos el cielo se nos abre, las emociones nos llueven y empiezan a saturar los poros de nuestra piel, la chispa de ese maldito duende no me visitó. Quizá me pilló en una de mis primeras finales de Copa. O quizá me susurró al oído el descaro de una de sus letras y no supe leer entre líneas. El caso es que por aquella época mi pobre repertorio moría cual sirena varada entre dos tierras. Poco más. En cambio, los fines de semana, tras los muros de aquellos garitos de la zona con más rollo de mi ciudad, hoy presos entre rejas, carteles de alquiler y algún que otro “brother” latino de gorras imposibles, los primeros punteos de la banda zaragozana, escupidos por aquellos enormes bafles desataban la locura. El éxtasis se apoderaba de aquellos héroes imberbes que hasta ese momento buscaban su sitio en aquél antro repartiendo tragos y miradas furtivas a las rubias del local. Oscurecían sus voces, convertían sus brazos en la mejor de las guitarras eléctricas y exhibían el pulmón que los primeros cigarros todavía no conseguían torpedear.

El pasado sábado asistí con mi compañera de vida al concierto de Enrique Bunbury en nuestra ciudad, Zaragoza. Es ya el tercero en total y el segundo en poco tiempo. Sabe que después de aquél momento juntos en Liverpool cumpliendo mi sueño de un partido en Anfield me tiene en conciertos de Don Enrique hasta nuestra próxima vida y volver. Juego con la extraña sensación que ofrece mi franca distancia emocional con el artista y la pasión desatada de todos aquellos fieles. Ataviados para la ocasión con el protocolario color negro de tan importante visita real. En sus rostros ganas de una noche histórica. De desempolvar viejos vinilos. De atacar nuevas estrofas. Siguiendo a su líder hasta el infinito y mil canciones más. Los focos se encienden. En el escenario una bestia interpretativa. Un actor de gestos desafiantes. De miradas al vacío entre el público en busca de nadie y de todo el mundo a la vez. Una personalidad arrolladora que sabe acariciar como nadie la mística del momento y que ofrece un producto único imposible de mantenerte cercano a la indiferencia.  


Las luces van apagando una noche mágica. Puede que después de este espectáculo haya escalado algún puesto en aquella imaginaria clasificación. No sé si hasta el punto de que Alaska y Raphael permitan una avalancha de nuevas canciones de Enrique en la sinrazón de mi repertorio. Es maravilloso observar cómo pasan los años y las ganas de esos fieles por reencontrarse con Bunbury siguen intactas. Acompañadas en algunos casos por el surco amable de alguna arruga y el brillo plateado de alguna incipiente cana. Y es que a veces tu felicidad consiste en saber extraer lo mejor de cada momento aunque como el pasado sábado sea el momento de los demás. Y en los tiempos que corren ver feliz a la gente vale mucho. Por eso disfruto del ímpetu de aquella legión de cuarentones que dos décadas después siguen jugando a ser héroes dueños de guitarras eléctricas inventadas. De varios litros de calimocho. De los saltos de felicidad de Vicky. Y de un vals agarrado a ella cuando Enrique, después de haberlo dado todo, nos susurra que ya se va acercando el final.

domingo, 17 de julio de 2016

ÉPILA, VEINTE AÑOS Y DOS ABRAZOS

Veinte años no son nada...
Desde siempre me fascinó la celebración de un gol y toda su puesta en escena. El futbolista y la desaforada búsqueda de su reivindicación. El alimento del ego propio como primer acto y el mensaje claro y conciso de que él y nadie más que él acaba de poner en contacto pelota y red. Que esa obra, naïf, realista o abstracta, va a llevar su firma para siempre. Ese es su momento y todos deben saberlo. Una pequeña carrera hacia donde no haya nadie. Para que todos le vean bien. Y ese ritual, a veces espontáneo, la mayoría de las veces premeditado. El salto con giro y brazo en alto del sueco Brolin. Las danzas tribales de Roger Milla. Ronaldo Nazario y las alas desplegadas de  su avión. Pistoleros, arqueros, señales al cielo. Contorsionistas, embarazadas, fabricantes de corazones. Un festival imaginativo individual previo al gesto grupal más conocido tras el gol, el abrazo. Compartido con la magia del guante que hizo de un último pase la mejor de las asistencias. Con el resignado compañero que hoy es carne de banquillo y que con una sonrisa le ha dicho:- Hoy haces uno-. Con ese esforzado utillero que se acuerda de todo y del que nadie parece acordarse. Con nueve compañeros y el dedo de su portero buscando un gesto de complicidad desde la soledad de las cuatro rayas de su área. Con todo el Estadio si pudiera. El abrazo, señal inequívoca de éxito en equipo. Uno de los gestos más maravillosos que la vida, el deporte y el fútbol en particular nos puede regalar y que en nuestro día a día tanto nos cuesta practicar…

Hay un momento en la vida en el que la realidad te visita. Arrebata tus legítimas ilusiones de niño y las va guardando en un cajón. Esparce tierra y grava sobre la hierba milimétricamente cortada del Estadio de tus sueños para que llenes tus piernas de señales a cambio de cuatro duros. Despierta, jamás serás portada. Si acaso la breve reseña de un gol importante en un momento decisivo. Pero a cambio te ofrece descubrir situaciones maravillosas. Personas que no conocías en lugares que nunca antes habías pisado. Ilusión, entrega y trabajo bajo unos colores en común, que van convirtiendo el objetivo en un sueño. Es el fútbol regional, el de verdad, donde la fuerza de un abrazo tras el gol hace crecer al equipo y aleja los egos. Donde el fútbol todavía intenta conservar toda su esencia. Donde un grupo sólido y unido es capaz de cualquier cosa. A mis cuarenta años una efeméride ha retrotraído mi memoria a esa época casi olvidada pero todavía latente. Un equipo en mayúsculas. Un cesto lleno de bocadillos a pie de autobús. La escalada en la clasificación. El sufrimiento físico entre semana en aquél Parque Grande que llegué a odiar con todas mis fuerzas. Su recompensa las tardes de los domingos volando sobre el campo. Carreras en la cola del pelotón, entre calor, lluvia o frío a la sombra de aquél gigante cercano y humor socarrón que en el área contraria la bajaba como quería y no conocía a nadie. Nuestro “Lubo” Penev. Él movía muchos kilos. Yo sólo era un “perro” que se dejaba llevar hasta allí atrás. No recuerdo qué podíamos conversar en aquellas interminables carreras. No sería mucho porque no nos daba de sí el aliento. Pero sí sé que aquellos domingos, cuando nuestro portero enviaba el balón al cielo yo sólo tenía que correr a su espalda, y ver con el rabillo del ojo cómo con el implacable marcador pegado a su nueve, elevaba toda su humanidad y peinaba el balón. Sólo quedaba intentar meterla para buscar un nuevo abrazo. Hasta ochenta y ocho de todo el equipo durante aquella fantástica temporada. La que fuimos los mejores…

Durante el último mes esa efeméride me ha llevado a dar dos abrazos tan emocionantes como distintos en sus sensaciones. Ambos relacionados con Épila y aquella inmejorable experiencia que a lo largo de esos días cumplía veinte años. Uno a José, al “presi” de esa temporada. Abrazo largo, sentido, el recuerdo de ese gol decisivo y las firmas en aquél paraguas rojiblanco con el que arrancamos del Pirineo medio ascenso a Tercera. Dos décadas que parecían sólo dos domingos. El otro a Quique, el hermano de mi compañero de aquellas malditas carreras por el Parque. Abrazo de ánimo y fuerza. Javi se ha marchado sin avisar. Hacía mucho que no sabía de él. Casi tanto tiempo como años sin ver al “presi”. Dicen que la vida le sonreía. Que andaba loco con su pequeño de 7 años y que seguía con ese humor que le hacía inconfundible. Puta vida. Cuando pasen otros veinte años espero seguir sorprendiéndome con la puesta en escena de un gol y toda su parafernalia. Espero que para entonces el abrazo siga siendo el punto culminante de una celebración. En el fútbol regional, en el de verdad, me ha quedado demostrado que es la herramienta perfecta para sentir que veinte años no son nada. Que puede unirte para siempre con personas que no conocías en lugares que nunca antes habías pisado. Que te puede hacer recordar momentos inolvidables. Parques, bocadillos, paraguas, balones al cielo de tu portero. Para entonces ya no habrá peinada para una nueva carrera. “Lubo” la bajará allí arriba, la meterá adentro y nos esperará dentro de muchos años para darnos un nuevo abrazo. 

miércoles, 8 de junio de 2016

EL ORIGEN DE TODO


Puede que no sea el lugar más bonito del mundo. Ni tan siquiera creo que lo sea de mi ciudad. Su forma no es un canto a la perfección arquitectónica ni sus árboles desordenados evocan un paraíso en la tierra. Sobre su suelo, cada vez menos mochilas ejercen de improvisadas porterías. Los niños han ido sustituyendo la magia y la precisión de un buen golpeo con el empeine exterior por la combinación de varias teclas para levantar la cuarta Champions dirigiendo a su Real Zaragoza. Esa imaginaria escuadra invencible que ha reunido a Ibra, Hazard y Messi y que bajo el cristal líquido de aquél aparato destrozan las redes rivales. Varios bares vigilan aquella plaza. Como centinela un silencio solo roto por las gentes que ocupan sus terrazas y que van arreglando en variopintas conversaciones varios mundos a la vez. Puede que no sea el lugar más bonito, pero para el canalla que allí decidiera jugársela y arrancar su primer beso apasionado no le hables de otro lugar en la Tierra. Y no importa si el recorrido de aquél beso fue fugaz y murió sofocado por el fuego mortal en las noches de verano de mi ciudad. Tampoco si supuso el origen de una bella historia para la eternidad. Para ese valiente ese será un momento y un sitio para toda la vida.

Puede que aquél lugar en el mundo no llame mucho la atención. Cualquier otro rincón de mi ciudad intercambia más guiños con los objetivos de las cámaras que la vienen a ver. Es un espacio coqueto, más bien pequeño, pero aquella noche de verano frente a aquella gran pantalla que nos miraba atenta, los miles que allí estábamos parecíamos millones. Con el calor derritiendo en nuestras caras las pinturas en rojo y amarillo. Con el miedo y la ilusión a partes iguales. El miedo a la frustración de un nuevo no. La ilusión de que esta vez sí. De que este era nuestro momento. No queríamos más miel en los labios si no comerlos a mordiscos. Y entre esos millones, miles de una generación con la necesidad de cortar para siempre los eslabones de unas cadenas forjadas desde la decepción y el dolor y que nos ataban a una amalgama de injusticias, furia sin control y mala suerte.

Cada dos años, el fútbol hace sonar sus tambores de guerra por el Mundo y por el viejo Continente. A este deporte que inventaron los ingleses ya no sólo ganan los alemanes. España al fin descifró los códigos de la victoria. Se siente protagonista en esas fiestas y salvo como en aquellas vacaciones en Brasil y Rusia, intenta conquistar a la más guapa. Con el traje de las grandes ocasiones y varias gotas de fragancia a triple corona. Con nuestra escuadra algo cambiada pero eligiendo a los guardianes necesarios para poner a salvo la llave del estilo. Aprendiendo nuevos pasos de baile para poder estar a la altura de los que nos quieren hacer sombra. Recordando y buscando reverdecer nuestros éxitos por Europa y por el Mundo. Porque pertenezco como muchos de los miles de aquél pequeño rincón a esa generación que veía pasar los años sin nada que echarse a la boca. Buscando aquél torneo que por fin nos hiciera grandes. Y cada vez que llegaba un gran campeonato la misma ilusión en la mirada. La del ahora o nunca. Y siempre era nunca.


Por eso cada vez que paso por la Plaza San Pedro Nolasco de Zaragoza, de mi ciudad, sonrío y me acuerdo como si fuera hoy mismo. Aquél penalti de Cesc buscando la red y Buffon cayendo al otro lado. Robarle la chica al italiano. La vergüenza de aquél primer beso robado. Las cadenas rotas para poder volar. Un momento y un sitio para siempre. El origen de todo.

jueves, 24 de marzo de 2016

JOHAN CRUYFF, UN LEGADO ETERNO

Johan Cruyff, su legado nos queda para siempre
“Después de este resultado creo que vamos a ganar esta Liga”. La frase es de Johan Cruyff durante la clásica rueda de prensa posterior a cualquier partido de Liga. A tenor de sus palabras cualquiera podría pensar que el resultado de aquél partido había sido favorable a los intereses del equipo del “Flaco”. Al mismo tiempo que las pronunciaba y sobre los fondos de un estadio ya semivacío que iba apagando lentamente la intensa luz que había dejado aquella tarde, los marcadores seguían reflejando todo lo contrario. Como si el orgulloso encargado de desconectarlo quisiera que aquel resultado quedará allí para siempre. Aquella tarde del 13 de Febrero de 1994 en el estadio Municipal de La Romareda, el Real Zaragoza había sacado literalmente del campo a su rival, el F.C. Barcelona con un 6-3 que desde aquella tarde duerme en las páginas más gloriosas del club aragonés. Los Cáceres, Poyet, Higuera o Esnaider fueron un vendaval que se llevó por delante a los hombres de Cruyff y seguían así dando forma a un equipo que un año más tarde tocaría el cielo en París. Aquél Barça de los Koeman, Guardiola, Stoichkov y Romario quedaba tras esa jornada muy tocado y a 6 puntos del Depor del “Bruxo” Arsenio Iglesias. Tras aquél partido y las sorprendentes declaraciones de Cruyff el F.C. Barcelona encadenará una demoledora racha de 13 triunfos y 2 empates con un juego espectacular que le darán finalmente aquél Campeonato de Liga. El genio, la intuición o quizás la flor que siempre dicen acompañaba al holandés habían triunfado una vez más cuando pocos creían ya tras aquella fría tarde de invierno en Zaragoza en la que el equipo se desmoronaba como un castillo de naipes tras una derrota tan merecida como sonrojante.

Los que somos de mitad-final de los 70 dábamos nuestros primeros pasos cuando la carrera de Johan empezaba su cuesta abajo. Cuando ya jugábamos a ser Arconada , el nombre de Pelé sonaba a mitología de otro tiempo, pero el de Cruyff todavía flotaba en el ambiente. Nos era más familiar. Como algo que conocíamos pero que nunca habíamos visto. Papá me hablaba de cómo mandaba sobre todo. Rivales, compañeros, árbitros. Con una superioridad insultante. Otros alucinaban con su cambio de ritmo. No había otro igual. Pero yo lo quería ver. Y como por aquél entonces no teníamos toda la información a un golpe de clic, cuando los 4 tomos de “la Historia de los Mundiales” para VHS que me dio mi amigo Jorge cayeron en mis manos no perdí más tiempo. Y así lo pude ver. Liderando a ese grupo de anárquicos melenudos con una manera de entender el fútbol nunca antes vista. Desparramando rivales a su paso. Parando y volviendo a arrancar cuando el defensa ya creía tener cazada a su presa, para desaparecer de su vista para siempre. Con aquella mítica camiseta naranja de Holanda y el 14 detrás. Se quedará a las puertas del título en aquél 1974. Alemania remontará el gol de penalti de Neeskens cometido sobre Cruyff en el minuto 1 tras arrancar el 14 desde medio campo desbordando a cuanto alemán salía a su paso. A pesar de la derrota todo el mundo se acordará de aquél equipo y esa nueva concepción del juego. A nivel de clubs, lo ganará todo con el Ajax de Amsterdam y devolverá al Barça a la senda de la victoria. Cuando todo acabó sobre el césped, aquella manera de entender el fútbol se extendió a la pizarra. En 1988 se hizo cargo del F.C.Barcelona y formó un equipo casi invencible que maravilló con un estilo nunca visto en nuestro país. Otorgando al balón y al futbolista toda la importancia. Pescó las mejores piezas en el caladero de un futbol vasco que sorprendió a todos en la primera mitad de los 80. Sacó al danés Laudrup del hermético futbol italiano y apostó por el búlgaro Stoichkov cuando  era un auténtico desconocido. Jugará con defensa de tres, arriesgando a que la cintura de su compatriota Ronald Koeman fuera violada repetidas veces. No importaba. Si se encajaba uno habría que ir a por otro. El extremo Goicoetxea manchará de cal sus botas los 90 minutos de partido abriendo el campo para las llegadas sin avisar de Amor, Bakero o Beguiristain. El juego de toque rápido, la importancia de la posesión, la versatilidad y la eficacia con la que dotó Johan Cruyff a aquél equipo es el legado que a día de hoy el club intenta seguir como filosofía de vida y éxito. Aquél futbolista al que sólo pude ver en VHS consiguió desde los banquillos que pudiera enamorarme de una manera de entender el deporte que tanto me apasionaba.


Varios años después de aquella derrota en Zaragoza, Johan confesaba que a pesar de aquella declaración sabía que era muy difícil ganar esa Liga del 94 y que sólo el Depor que la tenía tan de cara podría perderla como así fue. Quizás con aquellas palabras aún sabiendo la dificultad de la empresa consiguió poner nervioso al equipo gallego, novato por aquél entonces en aquello de ganar campeonatos. Quizás en sus jugadores hizo saltar el resorte necesario para darse cuenta de que lo podían conseguir. Hoy 24 de Marzo de 2016 no ha podido con el marcaje al que le tenía sometido un cáncer de pulmón desde el pasado mes de Octubre. Hacía 11 días declaraba que le iba ganando 2-0 y que lo podía llegar a vencer. Como en aquél mes de Febrero en la sala de prensa de La Romareda era consciente de lo difícil que iba a ser ganarle la partida a esa maldita enfermedad. Pero con ese 2-0 le avisaba que se lo iba a poner complicado y que iba a por la victoria. Esta vez, y al contrario que en el 94, no ha podido llevarse el Campeonato. Como en aquella final de Munich en 1974 le han remontado el partido y le han arrebatado el trofeo más preciado, el de su propia vida. Como en aquél entonces nadie se acordará del vencedor. El legado del vencido también va a quedar para siempre en nuestra memoria. Gracias Johan.

lunes, 22 de febrero de 2016

MESSI, NEYMAR, SUAREZ Y LOS VIAJES DE GULLIVER

Messi, Neymar y Suarez, genios que están escribiendo su propio libro de aventuras
Allá por 1796, la editorial Benjamin Motte sacaba a la luz una obra universalmente conocida y que ha perdurado al discurrir de los tiempos. La novela Los Viajes de Gulliver del irlandés Jonathan Swift, se hacía eco de las aventuras del capitán Lemuel Gulliver a través de cuatro emocionantes viajes en los que tras diversos naufragios dará la oportunidad a niños y no tan niños de sumergirse en mundos fantásticos y conocer personajes imaginarios. Para los pequeños la inmejorable e inocente sensación de echar a volar junto a su parte creativa. Para los adultos una sátira feroz de la sociedad y la condición humana camuflada entre las trepidantes líneas de un libro de aventuras. En sus viajes, Gulliver será un gigante entre enanos, un enano entre gigantes y llegará a un país habitado por criaturas humanas deformes y violentas y gobernado por caballos de estilo de vida impecable.

Más de doscientos años después de aquello, Messi, Neymar y Suárez  han recogido el testigo y la pluma de Jonathan Swift, la han cargado de tinta roja y azul y a bordo de su inagotable talento se han lanzado a escribir una obra fantástica que el mundo del fútbol necesitará reeditar cada cierto tiempo. Una historia gestada siempre desde un bien común y con el que ponen broche a cada capítulo: la victoria final. Pero al que han elegido llegar mezclando en sus acciones eficacia, precisión y belleza a partes iguales. Disfrutando de la plasticidad de un nuevo gol inventado. Desesperándose a la vez en el ansia de recuperar el último balón perdido. Creando desde el vértigo. Derribando defensas desde la fragilidad de milimétricas combinaciones. Inundando de gestos de admiración un graderío que por fin siente algo de coherencia entre lo que ve y el siempre elevado precio de su asiento. Con la generosidad necesaria para confundir tres protagonistas en uno. Pero no todos lo ven así. Incapaces de mirar más allá de un escudo y unos colores o sin entender el verdadero sentido del espectáculo dentro del deporte, una corriente de opinión pretende arrancar las hojas de esta obra y sin su permiso convertir el talento en provocación, el recurso en chulería y la complicidad en postureo. Los mismos que hace nada se levantaban de sus asientos aplaudiendo asombrados los gestos técnicos de Ricardinho en el Europeo de Fútbol Sala. Los que en las clandestinas noches de los 80 compartían con Ramón Trecet el poder de una asistencia de Magic a Kareem ausentando su mirada por un momento en la búsqueda de algún amigo perdido entre la grada. Esos que todavía siguen girando enganchados al baile mágico de las ruletas del mago Zidane o aún sonríen con Garrincha y los engaños de su cuerpo con el balón parado entre sus desiguales piernas. Esos mismos no van a pararse siquiera por un momento para disfrutar de algo tan bello y diferente como lo que nos ofrecen ahora. Prefieren, bufanda en mano, alertarnos y justificar que cualquier día esa magia puede saltar por los aires ante un rival ofuscado que como ellos, se sienta incapaz de entender la letra de ese libro de aventuras.


Los tres genios van a continuar durante un tiempo escribiendo los capítulos de un viaje que nadie sabe cuándo tocará a su fin. Lo harán para todos los públicos. Para esos pequeños que con sus acciones echan a volar su imaginación y sueñan con imitar el último regate inventado. Esos son los que necesitamos. Los que creen en nuevas historias de sombreros imposibles y penaltis a dos toques y que huyen del verdugo que un día pueda partir en dos y poner fin a su libro mágico antes de tiempo. También para los adultos que entienden el deporte como un espectáculo y para los que no. Para ver si algún día estos pueden ponerse en los ojos emocionados de ese niño y dejando atrás los odios, las envidias y los intereses creados por los mayores puedan disfrutar de la esencia de las cosas y descubrir que en lo distinto también se encuentra lo bello. Para que como esos niños, puedan ver a estos tres genios como se sentía Gulliver en sus viajes, diferente. Gigantes en un mundo de enanos, enanos en un mundo de gigantes y caballos gobernando un país de criaturas humanas deformes. Y estos tres parece que así se sienten. Diferentes en un mundo en el que en ocasiones algunos no llegan a comprender tanta belleza. Y es que ya lo dijo Jonathan Swift: “Cuando en el mundo aparece un verdadero genio puede reconocérsele por este signo: todos los necios se conjuran contra él.”

viernes, 8 de enero de 2016

RAFA BENITEZ, SUEÑOS EN BLANCO Y ROJO


Rafa Benítez, sueños entre Madrid y Liverpool
Aquella tarde Anfield Road lucía como en las mejores ocasiones. Con el traje rojo de las grandes tardes y las gotas de elixir suficientes transpirando por sus muros para seducir una vez más a sus aficionados. Pero sobre su manto verde esa tarde no corría el balón. Su marcador no reflejaba los nombres de dos contendientes listos para escribir la épica de un nuevo duelo. Tampoco el tiempo se esforzaba en avanzar en un reloj que para muchos se paró hacía ya veintidós años. The Kop, lleno como siempre, pero con menos sabor a cerveza y más emoción en unos ojos que ya lo han visto todo. Esa tarde del 15 de Abril de 2011 en Liverpool había silencio y no había partido. Veintidós años después se volvía la vista atrás para como cada año, homenajear a las 96 almas que dejaron su vida en la tragedia de Hillsborough. Con el sentimiento y el respeto con el que sólo en las Islas saben hacer estas cosas. Sobre el césped, la incansable Margaret Aspinal, miembro de la Hillsborough Families Support Group recordaba emocionada a su hijo fallecido aquél día en Sheffield y el esfuerzo de su Asociación en la búsqueda de justicia ante las autoridades por lo ocurrido. Y entre aquellas palabras el recuerdo sincero hacia Rafa Benítez, quien hasta hacía unos meses había sido su entrenador, por todo el apoyo económico y personal aportado durante los últimos tiempos. Anfield se pone en pie y rompe en una atronadora ovación hacia el madrileño. Abrumado, Rafa y su timidez permanecen en su silla. The Kop aparca el silencio contenido y jalea su nombre en uno de sus inconfundibles cánticos. Animado por su esposa Montserrat, Benítez se ve obligado a abandonar el anonimato que le ofrecía esa butaca de la tribuna de Anfield. Se pone en pie, entre lágrimas recoge el generoso aplauso que Margaret y toda aquella gente le ofrecen y les devuelve un saludo agradecido. Su etapa al frente del club ya finalizó pero su vinculación con la familia "red" es para siempre. Por encima de su constancia, dedicación y el brillo de varios trofeos esa tarde levanta la mejor de sus conquistas. El reconocimiento y el respeto a un trabajo desde uno de esos pocos clubs en el mundo que entienden el fútbol y la vida de otra manera.

Casi cinco años después de aquella tarde, desde Madrid, Rafa Benítez vuela de nuevo hacia Liverpool. En su maleta decenas de ideas sin desarrollar, cientos de experiencias sin vivir y un sueño roto en mil pedazos. Doscientos dieciocho días después de que emocionado fuera nombrado técnico del equipo de su vida, el Real Madrid, pasaba a ser una muesca más en el siempre humeante revólver de Florentino Pérez. Después de años de preparación, experiencia acumulada y éxitos en varios países, el sueño de su vida pasaba por delante de él dejando tras de sí la estela de una pesadilla difícil de comprender. Una plantilla todavía abrazada a los cantos de sirena de Carlo Ancelotti, su anterior técnico. Un equipo poco comprometido con los métodos de su nuevo patrón. Unos jugadores que a sus espaldas despreciaban el discreto historial vestido de corto de su entrenador. La opinión pública en barras de bar llenas de librepensadores titulados en el arte de saber alinear a los jugadores adecuados en el sistema preciso para una victoria segura. Cuatro o cinco jarras de cerveza les escuchan atentamente. Esbeltos licenciados en la mala educación, que con la boca llena y aceite en las comisuras exageran la opulencia de los platos que se sirven en su mesa. Diplomados en mil carreras ponderando su escasa preparación para un reto como el que tiene delante y que ellos, desde el anonimato de una red social, parecen estar cansados de superar. Periodistas de bufanda esperándole al mínimo tropiezo para lanzarse a su cuello y dar a sus amos el trozo de carne fresco del día. Un hueco vacío en la vitrina esperando junto a la número diez y mirándole en un evidente desafío. Al final, un sueño convertido en un diamante en bruto con miles de aristas imposibles de pulir. Y aún con todos esos condicionantes siempre esperó para un hombre de la casa, el cariño y la tregua que nunca llegó. La confianza en un proyecto en el lugar donde se desconoce el significado de ambas palabras. En cada aparición pública la imagen de un hombre cada vez más derrotado. La de un entrenador preparado pero superado y ninguneado desde dentro y desde fuera, que siempre aceptará la crítica con el respeto que en esa casa le enseñaron hace muchos años. Sabe que probablemente en ciertas cosas se ha equivocado pero no esperaba tantos palos en las ruedas de un carro ya de por sí difícil de mover. Y menos que descarrilará cuando apenas había echado a andar.


Rafa Benítez se marchará mordiéndose la lengua pero con la educación que le caracteriza. Sin hacer mucho ruido. Recogiendo los últimos pedazos de un sueño que jamás volverá. Dejando el menor rastro posible y deseando a la víctima que le sucede el mejor de los éxitos en su travesía por el alambre. Sus futuros éxitos serán los del Real Madrid, el equipo de Rafa desde chico. Liverpool ya le espera. Ese pequeño lugar en el mundo en el que el fútbol y la vida se entienden de otra manera. Allí tiene su hogar y allí le esperan Montserrat, y las pequeñas Claudia y Ágata. A pesar de todo lo vivido, su corazón siempre será blanco y aquí está su otra casa pero en esta ocasión no ha notado el apoyo de su gente. Cosa que sí siente a kilómetros de aquí. Allí respetan el fútbol, las personas y todo su trabajo. Y sabe también que en Liverpool, en cualquier paseo a orillas del río Mersey siempre podrá cruzarse con la infatigable Margaret que antes que verse reflejada en el frío metal de una Copa de Europa ganada in extremis siempre preferirá hacerlo en los ojos emocionados de su entrenador favorito. Y ese es por suerte otro sueño que jamás se romperá y le acompañará toda su vida.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

FERNANDO PEYROTEO, CARTAS DESDE UNA MONTAÑA DE GOLES

Publicado en el número 58 de Kaiser Football

Fernando Peyroteo, mito goleador del Sporting de Lisboa de los años 40
Todavía humea el recuerdo del último disparo a gol con éxito de aquél pistolero implacable del Sporting de Lisboa. El eco del “¡Caréga María!” aún resonando desde la banda en boca de su técnico, el exigente húngaro Joseph Szabo. El entrenador capaz de perdonarle una multa a cambio de acompañarle a comprar el despertador más caro para que jamás volviera a llegar tarde a un entrenamiento. Con aquél grito expresaba en su dialecto natal la señal inequívoca de que Fernando Peyroteo ya armaba su pierna con la peor de las intenciones. La temporada 1944/45 ha terminado, con un Subcampeonato en Liga y una “Taça” como botín y Peyroteo aprovecha para desenfundar ahora su pluma y disfrutar de otra de sus pasiones, la escritura. En 1937 aterrizó en Lisboa y junto a los cientos de goles que desparramó por los Estadios portugueses, llenó la maleta de su gusto por el cine y la literatura y que ya en su Angola natal disfrutaba en su tiempo libre. Así que una vez con la satisfacción por el deber cumplido, el que desde entonces es el goleador más efectivo de todos los tiempos escribía la siguiente carta para El Mundo Deportivo y que el diario llevaba en su portada de la siguiente manera con la firma de Francis:

“¡Qué gran muchacho es Fernando Peyroteo!. El máximo delantero centro de Portugal, internacional por derecho propio y la figura de más relieve en el deporte del país hermano y vecino, es un buen amigo, notable cronista y… ahora, un buen comerciante en ciernes. De tanto en tanto cambiamos algunas cartas con el “prodigio” de Angola, la tierra natal de Fernando y, de todas ellas, entresacamos cosas de verdadero interés que no siempre trasladamos a las cuartillas.
Pero ahora, una nueva carta de Fernando Peyroteo, viene tan pletórica de sugestivas noticias, que no podemos menos de entresacar algunos párrafos de la misma para ofrecerlos a la voracidad de nuestros lectores.Vamos pues a comenzar la selección de confesiones del internacional portugués.


PEYROTEO: “Pues ya hemos terminado la temporada. Fue de cara y cruz, o sea lo que vosotros llamais “mitad y mitad”: los partidos internacionales fueron en parte de éxito moral y de poco éxito de marcador. Pero hay esperanzas de que nuestra clase llegue a reflejarse en los marcadores internacionales durante la próxima temporada y esto es más que suficiente para que, de momento, nos podamos dar por satisfechos.
Como jugador de un equipo de club, he dado fin a mi temporada conquistando el “título” de la “taça”, o sea la competición que vosotros denomináis Copa. Antes de llegar a la final tuvimos que vernos las caras con el “Bemfica”, nuestro eterno rival, lo cual, dio lugar a que tuviera que hilarse muy delgado, tan delgado que, fue preciso un tercer partido de desempate para que pudiéramos llegar a la final.
Y aquí radicó lo más amargo de mi vida deportiva; nunca había sido expulsado de un terreno de juego y yo estaba más que orgulloso de los títulos que la afición me otorgaba refiriéndose a mi caballerosidad. Pero esto terminó desde el momento en que un “granate” del Bemfica me provocó tan hábilmente que sin darme cuenta me vi metido y sin salida decorosa, sopena de haber pasado por…miedoso, en un conflicto que el árbitro resolvió expulsándonos al provocador y a mí. ¡Para esto me llevaron a Londres como botón de muestra de jugador ejemplar y “gentleman” cien por cien!
Me consuela el pensar que, mi expulsión, no ha podido evitar que el “Sporting Club de Portugal” llegara a la final de Copa con el Olhanense y la ganara, con ciertos apurillos de marcador, porque ya sabes bien que en una final el “malo” se vuelve “bueno” y el favorito las pasa bastante estrechas para adjudicarse el título que la “cátedra” le otorgó por anticipado con toda clase de facilidades.
¡En fin, chico, que hemos terminado la temporada felizmente y honores con nuestros “amigos” y vecinos los del Bemfica!

Ya sabes que mis deseos son los de no prolongar mucho mis actividades en los terrenos de juego. No es que me sienta viejo ni cansado, pero sí me preocupa mucho el día de mañana. Estoy casado, tengo mi casa y debo preocuparme del mañana, con tiempo, porque el fútbol no ha de durar siempre. Por ahora el ser cronista de deportes me ilusiona pero…aspiro a algo más remunerador e independiente; por eso estoy a punto de abrir una tienda de artículos deportivos en un sitio céntrico, muy céntrico, cerca de Rossio, 45, 2º, donde ya sabes tengo mi domicilio particular.
Esto es un hecho, y te agradecería me indicaras casas de artículos deportivos dispuestas a concederme la exclusiva de sus productos. Aquí hay un magnífico mercado y, sobre todo los balones de fútbol españoles tienen fama y son muy solicitados.
Armando Ferreira, el internacional que jugó contra vosotros en Las Salesias, está ya del todo bien. La mayoría de socios y admiradores del “Sporting” estaban plenamente convencidos de que no volvería a jugar hasta otra nueva temporada. Y la sorpresa fue mayúscula al verlo reaparecer en partidos decisivos, jugar como antes y no dar señales de la grave lesión que padeció.
Armando llevó su granito de arena para la consecución del título y ha dado motivo para que se hablara por aquí del Dr. Moragas. Y como creo que ha sido ya cursada una felicitación oficial, no hago hincapié en este punto.
Esperamos la visita de vuestro Barcelona para Septiembre. Se anunció su visita a Campo Grande, se abarrotaron las columnas deportivas de nuestros rotativos con historiales de vuestro famoso club y…todo se vino debajo de la noche a la mañana.
En un principio alguien llego a decir que el Barcelona tenía miedo de venir a jugar a nuestros terrenos pero, finalmente reconocióse que el más ajeno a la suspensión del viaje había sido el club de Les Corts.
Y no sé porqué tengo el presentimiento de que se han realizado gestiones muy eficaces y que el Barcelona nos visitará en la apertura amistosa de la nueva temporada. ¡Que así sea…aunque no seamos los blanquiverdes los visitados por tan ilustres huéspedes!”


Y esto es parte de lo que Peyroteo nos dice en su carta del 28 de Junio pasado, remitida “por aviao” y leída con la complacencia de siempre, máxime conteniendo inmejorables noticias de los buenos amigos que ya hace tiempo tenemos a las orillas del soberbio estuario del Tajo.

Mucho han cambiado los tiempos. Una nueva era de la comunicación nos invade ahora. El futbolista capaz de anotar 9 goles en un partido, 8 en otro, 6 en tres ocasiones, 5 en doce partidos y hasta 4 en 17 encuentros para levantar seis Bolas de Prata como máximo goleador de la Primeira Liga, no encuentra problema para sentarse en su escritorio, escribir una carta y meterla en un avión para contarnos con toda la humildad del mundo como le han ido las cosas. Hace unas semanas Cristiano Ronaldo, también ex del Sporting de Lisboa, recibía su cuarta Bota de Oro como máximo goleador europeo de la pasada temporada. Sólo habían pasado unos días desde que el crack de Madeira superara a Raúl González como máximo goleador de la historia del Real Madrid. Goles y más goles, récords y más récords reconocidos por el público en general y jaleados por sus aficionados para el mejor goleador desde los tiempos de Gerd Müller. Los diarios deportivos y los más importantes medios audiovisuales llevarán la hazaña en grandes titulares ignorando y dejando aparcada la postura del futbolista que no ofrece declaraciones a los medios desde hace varios meses. La actualidad manda. Pero a pesar del torrente de goles y records de CR7, un nombre siempre aparecerá junto al imponente dato de ser el futbolista con el mejor promedio goleador de todos los tiempos: el de Fernando Peyroteo, 331 goles en 197 partidos (1,68 por partido). Su gesta no llenará portadas ni grandes titulares en los medios de la época. Pero con la misma humildad y cariño que aquél goleador portugués amante del cine y la literatura pedía recomendación para su nuevo negocio en ciernes, nosotros le rendimos este sentido y merecido recuerdo tras viajar en el tiempo por la prensa de aquellos apasionantes años 40.