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miércoles, 8 de junio de 2016

EL ORIGEN DE TODO


Puede que no sea el lugar más bonito del mundo. Ni tan siquiera creo que lo sea de mi ciudad. Su forma no es un canto a la perfección arquitectónica ni sus árboles desordenados evocan un paraíso en la tierra. Sobre su suelo, cada vez menos mochilas ejercen de improvisadas porterías. Los niños han ido sustituyendo la magia y la precisión de un buen golpeo con el empeine exterior por la combinación de varias teclas para levantar la cuarta Champions dirigiendo a su Real Zaragoza. Esa imaginaria escuadra invencible que ha reunido a Ibra, Hazard y Messi y que bajo el cristal líquido de aquél aparato destrozan las redes rivales. Varios bares vigilan aquella plaza. Como centinela un silencio solo roto por las gentes que ocupan sus terrazas y que van arreglando en variopintas conversaciones varios mundos a la vez. Puede que no sea el lugar más bonito, pero para el canalla que allí decidiera jugársela y arrancar su primer beso apasionado no le hables de otro lugar en la Tierra. Y no importa si el recorrido de aquél beso fue fugaz y murió sofocado por el fuego mortal en las noches de verano de mi ciudad. Tampoco si supuso el origen de una bella historia para la eternidad. Para ese valiente ese será un momento y un sitio para toda la vida.

Puede que aquél lugar en el mundo no llame mucho la atención. Cualquier otro rincón de mi ciudad intercambia más guiños con los objetivos de las cámaras que la vienen a ver. Es un espacio coqueto, más bien pequeño, pero aquella noche de verano frente a aquella gran pantalla que nos miraba atenta, los miles que allí estábamos parecíamos millones. Con el calor derritiendo en nuestras caras las pinturas en rojo y amarillo. Con el miedo y la ilusión a partes iguales. El miedo a la frustración de un nuevo no. La ilusión de que esta vez sí. De que este era nuestro momento. No queríamos más miel en los labios si no comerlos a mordiscos. Y entre esos millones, miles de una generación con la necesidad de cortar para siempre los eslabones de unas cadenas forjadas desde la decepción y el dolor y que nos ataban a una amalgama de injusticias, furia sin control y mala suerte.

Cada dos años, el fútbol hace sonar sus tambores de guerra por el Mundo y por el viejo Continente. A este deporte que inventaron los ingleses ya no sólo ganan los alemanes. España al fin descifró los códigos de la victoria. Se siente protagonista en esas fiestas y salvo como en aquellas vacaciones en Brasil y Rusia, intenta conquistar a la más guapa. Con el traje de las grandes ocasiones y varias gotas de fragancia a triple corona. Con nuestra escuadra algo cambiada pero eligiendo a los guardianes necesarios para poner a salvo la llave del estilo. Aprendiendo nuevos pasos de baile para poder estar a la altura de los que nos quieren hacer sombra. Recordando y buscando reverdecer nuestros éxitos por Europa y por el Mundo. Porque pertenezco como muchos de los miles de aquél pequeño rincón a esa generación que veía pasar los años sin nada que echarse a la boca. Buscando aquél torneo que por fin nos hiciera grandes. Y cada vez que llegaba un gran campeonato la misma ilusión en la mirada. La del ahora o nunca. Y siempre era nunca.


Por eso cada vez que paso por la Plaza San Pedro Nolasco de Zaragoza, de mi ciudad, sonrío y me acuerdo como si fuera hoy mismo. Aquél penalti de Cesc buscando la red y Buffon cayendo al otro lado. Robarle la chica al italiano. La vergüenza de aquél primer beso robado. Las cadenas rotas para poder volar. Un momento y un sitio para siempre. El origen de todo.

martes, 15 de julio de 2014

PUYOL, MARACANÁ Y EL SUEÑO DE NUESTRAS VIDAS


Carles Puyol, ofrece a Maracaná la Copa del Mundo
Puyol avanza emocionado por la alfombra de Maracaná. La roja de la estrella es hoy camisa, corbata y el traje negro de las mejores ocasiones. Su cinco, manchado todavía con la brizna fresca del último corte abajo, descansa para siempre en el cajón de sus recuerdos. La melena ensortijada al viento para recordarle al crecido teutón de la fila más alta del Estadio que el que ahora está allí abajo fue el que un día voló más alto que el Sol para regalarnos  el cabezazo de todos los tiempos. Para alejar al alemán del sueño que hoy sí toca con sus dedos y que por aquél entonces nos pertenecía. Para darnos la Final de nuestras vidas. Puyol avanza decidido. A un costado una despampanante modelo brasileña. Al otro, descansando en una caja, la más bella de la noche. Una rubia de 18 kilates. La novia de España entera los últimos cuatro años. Puyol abre la caja y extrae con mimo la gloria que poco a poco nos va dejando. Avanza unos metros y la muestra al cielo de Maracaná. A su alrededor vemos partir los sueños de varias noches de verano. Pantallas gigantes en pueblos pequeños. Fuentes desbordadas de alegría. Se nos escapa el Podemos y el ganar, ganar y volver a ganar. El Iniesta de mi vida y su recuerdo eterno al amigo que se fue sin avisar. Besos improvisados y abrazos envueltos en lágrimas. España en un manto rojo y amarillo. Puyol ofrece más que un trofeo. Entrega los años en que nos creímos los más grandes. Un estilo propio. Una época irrepetible en la que fuimos la admiración del Mundo. El modelo a seguir. Pero no hemos sabido defenderlo y hoy el sueño se acaba. Y el elegido para entregar la gloria ha sido él, el de La Pobla de Segur, el hijo de Josep, el humilde hombre de campo que desde el cielo de Río le aplaude y le mira orgulloso. Un futbolista a veces sacado de otro tiempo. Con un estilo y un sello irrepetible. Pundonor, casta y amor propio. Orgullo, respeto y trabajo al servicio del grupo. Cuando las tecnologías y las insaciables modas entran en el fútbol, Puyol se nos va. Los sprays en las barreras, las botas de dos colores, las crestas imposibles. Cuando el fútbol de ahora es menos fútbol de antes, él lo deja. Crucificado por las lesiones y el dolor de no poder ayudar. Pero representando a la perfección en el templo del balompié mundial el fútbol que fuimos y el que somos. La furia, la raza y el infortunio de antaño. La calidad, el toque y el éxito actual. No podría haber mejor representante ni mejor despedida. Puyol dice adiós para siempre a la Copa del Mundo. A nuestra Copa del Mundo. La deja en su pedestal para que sienta el rubor de quien es observado con deseo. El siguiente en levantarla al cielo será alemán o argentino. Para continuar con su leyenda unos. Para coronar a su nuevo Dios los otros. Ambas selecciones ya esperan en el túnel de vestuarios y la observan en su soledad. Pero eso ya es otra historia. Puyol desaparece a lo lejos con la satisfacción del deber cumplido, sin hacer mucho ruido, fiel al estilo que marcó su carrera. Desde lo alto del Corcovado, el Cristo imponente abre sus brazos al gran capitán. Para charlar sobre cómo llevamos lo de la estrella en el pecho, Él que tanto sabe de eso. Para despedir en un abrazo eterno al cinco que un día saltó hasta las estrellas para seguir haciendo de aquellas noches de verano el sueño de nuestras vidas. Hasta siempre Puyi.

miércoles, 4 de julio de 2012

FERNANDO LLORENTE, LA IMAGEN DE ESPAÑA

Fernando Llorente buscará su sitio en el Mundial
Llegaba al torneo tras haber exhibido por Europa la fragancia de los grandes nueves de antaño aunque vestido de smoking y chistera. El camión de La Roja, como fue bautizado por Pepe Reina durante la celebración por el Mundial de 2010, tenía todas las papeletas allá por el mes de Abril para circular en la delantera por las carreteras de Polonia y Ucrania, ceñido en esa roja de talla equivocada. Con Villa fuera por lesión, ni la luz al final del túnel de Torres ni la dura pugna de Negredo con Soldado parecían apagar el recuerdo de aquella volea a la red de Van der Saar en San Mamés ni la mayor exhibición de un delantero centro en un sólo partido que recuerdo en los últimos tiempos, la de la semifinal de la Europa League frente al Sporting de Lisboa. Aquella noche Zarra, Dani y Urzaiz se citaron en el cuerpo de aquél chicarrón para reescribir el manual del delantero centro moderno. Pero a Fernando Llorente no le van a salir las cosas como él pensaba durante esta Eurocopa 2012 y sus únicas carreras serán de locura tras unos agónicos penalties o por la banda esperando impaciente su momento. Un momento que nunca va a llegar...

Hace un par de décadas desembarcábamos en las grandes citas del verano futbolero embutidos en el trasnochado traje de la Furia Española. Nos mirábamos al espejo, nos gustábamos y nos creíamos ese papel de espartanos patrios dispuestos a discutir el título cuchillo en mano a las grandes de siempre. Y olvidando la pelota en el vestuario acababamos por virar nuestros galeones con las velas hechas jirones y el rostro desfigurado por el infortunio de alguna maldita tanda de penalties. Como estampa significativa recuerdo la de aquél verano del 90 en Italia con nuestra máxima figura goleando por tres veces a la "potente" Corea y dándose un baño de ego con la reivindicación de su figura sobre el equipo. Aquél dedo narcisista que señalaba a su amo y a la vez nos mostraba la imagen de una España casposa que progresaba al son de la especulación de cuatro ladrillos y faraónicas exposiciones.
Por eso considero la sonrisa de Llorente una de las imágenes de España en esta Eurocopa. La estampa del chico con clase, humilde y trabajador que llegaba para consagrarse y acabó por no sacarse el peto de los suplentes ni en el avión de vuelta a casa. El hombre que lejos de pensar en su situación actual, se tragó su ego, apretó los dientes, animó sin descanso a sus compañeros y se alegró el primero del éxito colectivo. La persona que bien podría encarnar los valores de la España difícil que hoy nos toca levantar, la de la gente buena que en silencio pone su trabajo al servicio del bien común. España y Llorente quieren tener su segunda oportunidad. Las gentes de bien siempre la tienen y por eso en 2014, mientras mi país se va olvidando de que tiene una prima por Europa, estoy seguro que por las áreas del gran Maracaná un camión buscará decidido sitio para aparcar...