miércoles, 1 de abril de 2015

WILFRED, EL ÍDOLO DEL OTRO FUTBOL

Publicado en el número 55 de Kaiser Football
Wilfred, ídolo de Vallecas en los años 90
Principios de los 90. Suereste de Madrid. Cualquier bar del conocido barrio de Vallecas. Domingo, horas antes de las cinco de la tarde, el dia D y la hora H del fútbol de verdad. El del bocata, el transistor y el gol en Las Gaunas. El de los narradores deportivos, solapando sus voces en aquellos minutos mágicos de goles simultáneos en todos los Estadios. Cerveza, bullicio y entre una cortina de humo un viejo futbolín de madera maciza. Varios niños arremolinados a su alrededor buscando el momento de exhibir sus habilidades. El fútbol en cinco duros para demostrar quién manda en el barrio además del Poli Díaz. Una imperfecta línea de pintura roja cruza el frío hierro de la camiseta del equipo blanco. El clásico Barça-Madrid de un bar cualquiera es un Rayo-Barça para los vallecanos. David contra Goliat como gusta en Vallecas. Siempre retando al poderoso. La bola circula con gran rapidez entre el eterno y sólido 4-3-3 con el que forman ambos equipos. Concentración en la cara de los niños. Miles de golpes en los inexpresivos y deformados rostros de aquellos muñecos. Ultima bola. Empate en el marcador. Laudrup filtra un golpeo mágico entre Cota y Josete. La bola busca su sitio natural para dormir en las entrañas de aquella caja de madera hasta que la ilusión de otras veinticinco pesetas la vuelva a despertar. Pero allí está el pequeño Raúl, rayista hasta la muerte, empuñando fuerte su mando y deslizando la barra que atraviesa el costado de su portero para desviar aquél malintencionado golpeo. La bola sale despedida atravesando el bosque de hierro que forman las piernas de ambas escuadras hasta caer a pies de Pedro Riesco que la cruza con habilidad ante Zubi para cerrar el partido. Gana el Rayo. Todos miran a Raúl. Su acción salvadora ha decidido el partido. Él mira orgulloso su portería. Al muñeco que durante aquella época Vallecas pintó de negro en esos pequeños estadios de fútbol de hierro y acero con la pintura del cariño y la admiración que el barrio madrileño entregó al nigeriano Wilfred Agbonabvare. Un futbolista que llegó sin hacer ruido. Que cayó de pie en Vallecas metiéndose a la gente en el bolsillo gracias a su carácter afable y sus grandes actuaciones bajo los tres palos. Echando el candado a la portería de aquél Rayo en ocasiones matagigantes de aquellas temporadas de principio de los 90. Un ídolo para un barrio obrero que tenía en su Rayo al más genuino representante del fútbol madrileño más humilde siempre a la sombra de dos gigantes como el Real Madrid y el Atlético de Madrid. Wilfred permaneció seis temporadas en Vallecas, participó en el Mundial de USA´94 a la sombra de Peter Rufai y aunque no todo fueron días de vino y rosas, dejó una huella imborrable por su calidad humana y deportiva. Pero un día los focos se van apagando lentamente y los grandes titulares ya sólo son breves reseñas de alguna correcta actuación. El fútbol de élite devuelve a esos héroes temporales al anonimato desde el que un día llegaron para ganarse la vida y tocar por un momento la gloria y la fama. Abandonará el fútbol muy joven, a los 31 años, para llevar una vida sencilla y austera como un vecino más de Madrid. Lejos de los aplausos y el olor a césped, la vida no será muy generosa con Wilfred. Su esposa sufrirá el calvario del mal de nuestro tiempo. Un cáncer de mama contra el que Wilfred nada pudo hacer tras haberlo intentado todo. En busca de su cura invertirá todo lo que tenía y se quedará sólo y arruinado. Saldrá adelante y se ganará la vida como un trabajador más. El uniforme de trabajo ya no lucirá un uno en su espalda y el escudo del Rayito en el pecho será el logo de alguna importante multinacional. Los nuevos guantes ya no atajarán balones sino el riesgo de algún accidente laboral y los envíos no serán centros al área para una valiente salida sino simples paquetes buscando un próximo destino.

El maldito cáncer se ha llevado a Wilfred para siempre a principio de 2015. Se ha marchado con el mismo sigilo con el que fue haciéndose un hueco en el corazón de aquél barrio. Partido a partido, parada a parada, sonrisa a sonrisa. Los tiempos como el fútbol han cambiado. Vallekas con k, aprieta los dientes en estos tiempos de crisis. Los aficionados del Rayo Vallecano mantienen su particular cruzada contra el fútbol moderno mientras su equipo se atreve a discutir la posesión a los más grandes. El pequeño Raúl, rayista hasta la muerte, es ahora un hombre a bordo del barco pirata que cada 15 días despliega velas en el Estadio de Vallecas. Corazón franjirojo, dos tibias y una calavera tatuadas en su piel. Hace frío en Vallecas y esa mañana se dirige hacia la puerta uno del Estadio. Allí Wilfred va a recibir el homenaje del Rayo Vallecano. Esa puerta llevará su nombre. Un enorme graffiti con su cara la custodiará. Raúl recuerda cuando empuñaba con fuerza aquél mando con el que manejaba a Wilfred. Y observa como la pintura negra que en su barrio cubría a aquél portero de futbolín para hacerlo ídolo decisivo de aquellos partidos de cinco duros y orgullo de todo un barrio hoy cubre su rostro en esa puerta uno para convertirlo en leyenda rayista y símbolo de un fútbol de otra época. El fútbol de verdad. El de los futbolines de madera y partidos en domingo a las cinco de la tarde.

lunes, 2 de marzo de 2015

PAUL GASCOIGNE, EL GENIO EN UNA BOTELLA

Publicado en el número de 54 de Kaiser Football 
 
Paul Gascoigne, genio y figura del fútbol británico
“Hago lo que quiero, cuando quiero y como quiero”. Hay frases que llevadas al extremo de su significado y convertidas en tu modus vivendi dice mucho de quien las pronuncia. Leídas tras el efecto distorsionador del cristal de varias botellas de whisky medio llenas o medio vacías según se mire, se convierten en un peligro. Si quien las pronuncia atiende al nombre de Paul Gascoigne el efecto es devastador. Un genio que salió de su botella para beberse la vida. Para sufrir en sus carnes lo peor de una adicción empeñada en dejarnos para siempre el recuerdo de un ídolo caído capaz de bajarte la luna y hacértela añicos un rato más tarde. De regalarnos imágenes impagables. Esas que queremos que permanezcan en nuestra mente y no la de la más absoluta de las decadencias. Siempre al límite. Destrozado en la tristeza. Exultante en la alegría. Regalándonos sus lágrimas en aquél Mundial de Italia en 1990. En una semifinal a brazo partido. Balón dividido. El ímpetu de Gascoigne se lleva por delante al rival. Cuando el alemán Thomas Berthold inicia sus vueltas de campana Gazza sabe lo que se le viene encima. La petición de clemencia no será suficiente. Sabe que esa cartulina amarilla al cielo de delle Alpi le aparta en esos momentos de una posible final que jamás llegará para los ingleses. Y llorará desconsolado para emocionar a medio mundo. Seis años después le esperaba la Eurocopa en su país y la otra cara de la moneda. Tarde soleada y el Estadio de Wembley todavía con el recuerdo en blanco y negro del efímero éxito del 66 y el estómago vacío desde aquél entonces. Paul sabe que es el elegido para galopar con paso firme hacia la gloria a lomos de su inmenso talento. El vecino escocés enfrente. Con el 1-0 para los ingleses David Seaman acaba de parar un penalti y es hora de apuntillar al contrario. Balón al hueco para Gascoigne. El genio se viste de smoking y chistera aparca los vicios y nos regala un gesto para siempre. Sombrero al cielo de la Catedral para que el mítico Collin Hendry pase de largo, confunda la pelota con el sol y desde el suelo sólo la pueda ver reventarse a la red sin ni siquiera haber besado el césped. Su celebración es un grito de felicidad en el lugar donde se siente importante. En el sitio donde el ídolo con pies de barro todavía sostiene las vergüenzas que lejos de allí se le van cayendo a pedazos. Singular, polémico, indomable y en ocasiones cómico, Paul Gascoigne irá desarrollando durante su vida una dependencia total del alcohol y las drogas que unido a varias lesiones importantes acelerarán el ocaso de una carrera que circulará a gran velocidad entre el talento y la polémica entre el éxito y los escándalos. Newcastle, Tottenham, Lazio, Glasgow Rangers, Middlesbrough y Everton disfrutarán al genio y sufrirán al demonio.
 
En la actualidad continúa enganchado a una enfermedad de la que no hace responsable a nadie más que a sí mismo. Él tentó a la cara oscura de la vida y ahora no puede apartarse de su mirada. Ya no hace lo que quiere, cuando quiere y cómo quiere. La bebida ya lo hace por él. Ha intentado poner fin a su vida varias veces, como cuando en Septiembre de 2008 fue hallado en la habitación de un hotel de Faro en Portugal con una sobredosis de drogas y alcohol. Ha iniciado diversos tratamientos pero tarde o temprano el alcohol ha hecho acto de presencia nuevamente en su vida. A Paul Gascoigne nadie parece querer ayudarle y cuando una mano amiga se le acerca él no suelta su botella para agarrarse a ella con firmeza. Ha llegado a asegurar que la prensa nunca escribirá que Gazza está bien porque eso no vende. Cuando el balón rodaba todo quedaba oculto tras el talento y la fuerza de este genio inglés que un día salió de su botella para exprimir la vida hasta la última gota. Cuando los focos se apagaron el genio desnudo no tuvo con que tapar sus vergüenzas. Las lágrimas y los sombreros imposibles que un día nos regaló para siempre no están siendo suficientes.

domingo, 1 de febrero de 2015

GERD MÜLLER, GOLES SIN MEMORIA

Publicado en el número 53 de Kaiser Football
Gerd Müller, mito goleador alemán de los setenta
Rainer Bonhof se internó por la derecha y sin mirar  la puso allí. En aquél espacio sin edificar pero que era su casa. Entre aquellas cuatro líneas de cal de las que había hecho su vida. Rodeado de rubios invitados vestidos de naranja. Bonhof envolvió el regalo con su pie derecho y apuntó su dirección. Müller abrió la puerta para recogerlo, buscó su espacio, despachó a los neerlandeses, y lo llevó junto a la red que servía de almacén para esos cientos de presentes que coleccionaba en forma de gol. En esa ocasión el que volteaba el marcador del Olímpico de Munich aquella oscura tarde y que ponía en ventaja a Alemania dos minutos antes de que llegara el medio tiempo. El más importante de los 680 con los que perforó durante 17 años las redes de medio mundo. El que con el pitido final coronaba a su país como campeón de su propio Mundial en 1974. Goles y más goles desde aquellos 176 rocosos centímetros que hicieron de esa suerte su forma de vida. Desafiando gigantes. Pensando antes que el otro. Golpeando cuando el rival todavía se estaba girando. Con la portería siempre ubicada en su cabeza. Invitando a sus compañeros a meterla allí, al espacio reservado para unos pocos. El se encargaría de llevarla adentro. Y así toda una carrera agradeciendo pases, dedicando goles, levantando títulos. Copas de Europa, Bundesligas, Eurocopas, aquél Mundial... Con aquél Bayern de Munich aplastante de mitad de los 70 y base de una Mannschaft campeona. Pero todo un día llega a su fin. Nuevos inquilinos le invitan a abandonar ese espacio en el construyó el mito del Bombardero de la Nación. Le sacan el 9 de la espalda. Cuelga las botas. Se apagan los focos. Todo se acaba. Y desde lo más alto de la montaña de goles y más goles que la rutilante estrella ha ido construyendo desde aquél área que fue su hogar, el hombre anónimo comienza a despeñarse ahogado en una vorágine de alcohol, drogas y diversos fracasos empresariales. Problemas familiares y una vida regida por el caos, característica común de una nueva situación que, lejos de las áreas, nadie le ha enseñado a vivir. En 1992, su club de siempre le ayudará en su tratamiento y lo incorporará a su organigrama deportivo. Un poco de orden al amparo del gigante bávaro con quien tanta gloria intercambió. Nada cómo estar de nuevo en casa. Todo parecía superado hasta que una madrugada del mes de Julio de 2011 saltaron todas las alarmas. Tras varias horas de búsqueda fue hallado por las calles de la localidad italiana de Trento, donde se encontraba de pretemporada con el equipo juvenil del Bayern de Munich, perdido, sólo y desorientado. Salió del hotel y detuvo un taxi con parada la estación de tren. El destino: su hogar, su casa en Baviera…
Desde aquél episodio las apariciones de Gerd Müller han sido contadas. Si acaso para ver como goleadores modernos superan sus bestiales registros. Futbolistas que parten de unas zonas para llegar al gol por otras. Implacables goleadores como él, con la magia como herramienta de uso diario, dueños de un talento que los hace excepcionales. Como el de Gerd Müller. Todos sabían que siempre estaba allí. Nadie cómo el balón había vuelto a besar su portería. Poco a poco sus longevos récords van cayendo uno detrás de otro tras el alud de goles de los Ronaldo, Messi, Cristiano o Klose. Mejor ahora que no más tarde. Todavía a tiempo de sonreírles por haber sido su dueño durante todo ese tiempo. Todo apunta a que la alargada sombra de una cruel enfermedad le aguarda para disputar el partido de la última etapa de su vida. Para borrar todos esos goles de su memoria. Tiene nombre de duro defensa alemán de la época: Alzheimer. Gerd le esperará para tumbarlo cuando todavía se esté dando la vuelta. Y si un día tienen que volver a buscarlo, que lo hagan en Baviera, en el Olímpico de Munich. En el sitio donde se orientó como nadie en el mundo para romperla hacia dentro. Sobre ese espacio sin edificar y las cuatro líneas de cal que fueron toda su vida.

martes, 20 de enero de 2015

EL SABIO, EL NIÑO Y EL FÚTBOL DE LA CALLE

Dedicado a mi hermana Silvia y a mis amigos atléticos de Soria

Fernando Torres, alumno aventajado de Luis Aragonés 
Aceptó ser el Sabio aunque siempre sostuvo que la sabiduría en casa de los Aragonés era cosa de su hermano Matías. Y para justificar semejante calificativo esperaba a las grandes citas. Para demostrar que el que más sabía de aquello era él. Sin grandes fórmulas ni ecuaciones mágicas llovidas en noches de inspiración y desvelo. Acercando al futbolista a los más primitivos instintos. La pasión, el rencor, la venganza. Al fútbol de la calle. Mezcla explosiva que acababa por saltar por los aires los resortes de la tensión acumulada por sus hombres en aquellos importantes partidos. Que otorgaban a sus jugadores el aliento necesario para hacerse siempre con ese balón dividido. Noventa minutos desde la emoción y el amor a tu escudo. La piel en cada centímetro de césped por esa grada entregada a tu esfuerzo. Y aquél 27 de Junio de 1992, Luis sabía que era uno de esos días. Levantar la Copa del Rey ante el Real Madrid en su Estadio bien lo merecía. Y allí, en las entrañas del Coliseo blanco, en el vestuario visitante, Luis esperó su momento. Diseñó minuciosamente la táctica, los movimientos, la estrategia. Trazó las líneas de la victoria sobre la pizarra. Decenas de flechas de ida y vuelta camufladas entre los nombres de los elegidos para la ocasión apuntando al corazón blanco. Luis terminó su exposición y miró a los ojos a sus jugadores:
-¿Lo han entendido?. ¿Sí?. Pues esto no vale para nada. Lo que vale es que sois mejores y que estoy hasta los huevos de perder con estos, de perder en este campo. Lo que vale es que sois el Atlético de Madrid y hay 50.000 que van a morir por vosotros. Hay que morir por ellos, hay que salir y decir en el campo que sólo hay un campeón y va de rojo y blanco.

A la media hora dos zarpazos de Schuster y Futre ya ponían tierra de por medio. Un Atlético hipermotivado devoró a un Real Madrid todavía noqueado por el desastre liguero de Tenerife tres semanas antes. Aquella noche de verano del 92 el cielo de la capital vió coronarse a un equipo al que su entrenador vistió para la ocasión con los colores del sentimiento y la emoción. Más de 22 años después de aquello, Fernando Torres abre la puerta de aquél Estadio que siempre le vió salir con el gesto torcido y la pólvora mojada. Jamás desvirgó las redes vikingas. Es la vuelta de los octavos de final de la Copa del Rey 2014/15. Es el Santiago Bernabeu. El Templo del enemigo de toda una vida. El 2-0 de la ida pone en ventaja a los colchoneros pero bajo aquellos muros, entre épicas hazañas, descansa sepultada la palabra imposible. No pueden confiarse. El Niño ha vuelto a casa hecho un hombre. Las pecas recogidas pero el mismo gesto de ilusión en su cara. El curriculum trazado con la pluma del éxito y la mochila cargada de unos títulos que cambió por goles decisivos. El Cholo no lo dudó y lo llevó a su Atleti. No  ha dado su mejor nivel ni en el Chelsea ni en el Milán y sabe que con el cariño de los suyos puede recuperar su mejor versión. Muchos lo ponen en duda y hoy tiene una gran oportunidad para cerrar las bocas del oportunismo más voraz. Hoy será el referente en el ataque rojiblanco. Como en aquella noche de verano del 92 la pizarra del vestuario visitante está repleta de líneas y más líneas que crean emboscadas imposibles para el rival, de trampas escondidas entre rápidas contras que puedan matar el partido. Fernando anda concentrado. Hoy es el día. En su pensamiento las palabras del Sabio. Sabe cuál es su trabajo. Lo ha entendido, sí. Pero eso no vale para nada. Lo que vale es que quiere volver a ser el mejor y que está hasta los huevos de perder en ese campo. De no saber lo que es enloquecer por acariciar esas redes. Lo que vale es que ha vuelto al Atlético de Madrid para volver a sentir en rojo y blanco.
 
Lo que sucedió después todo el mundo pudo verlo. La historia de una hazaña que no pasó del minuto uno de cada parte de aquél partido. El tiempo que Fernando Torres tardó en gritar gol al cielo del Santiago Bernabeu y dejar en blanco la página de la épica que desde Concha Espina ya empezaban a escribir. El Niño convertido en hombre ha vuelto a su casa para acabar la historia que dejó incompleta un día que decidió echar a volar. Para decirle al mundo del fútbol que aún tiene mucho que decir y derribar muros que antaño parecían infranqueables. En aquella fría noche de copa madrileña Torres se siente triunfador. Abrazos, felicitaciones y enhorabuenas. Y en una parte de su pensamiento las gracias al Sabio de Hortaleza. Ese que a cambio de goles y Eurocopas le regaló una manera de entender el otro fútbol. El fútbol de la calle. Ese que en los momentos importantes destruye pizarras y se juega desde la emoción y la mirada apasionada a tus jugadores.

lunes, 8 de diciembre de 2014

EDMAR HALOVSKYI, DEL MUNDIAL A LAS TRINCHERAS

Publicado en el número 51 de Kaiser Football
Edmar Halovskyi, un ucraniano con alma brasileña 
El balón vino servido desde el flanco izquierdo. Para que el nuevo ucraniano Edmar se disfrazara del brasileño que siempre fue y en un giro de tobillo de su guante derecho dejara en ventaja a Roman Zozulia. El rubio delantero supera con suspense a Lloris y pone el 1-0 ante el combinado galo. El Olimpico de Kiev vibra como nunca. Edmar corre tras su compañero para abrazarlo. En su camino cierra los ojos y se ve cumpliendo un sueño. El de volver a su país de origen para jugar un Mundial, vestido de amarillo. No con la canarinha con la que nació, sino con la ucraniana que le adoptó. Es 15 de Noviembre de 2013 y la repesca saca su gancho para meter por la puerta de atrás a las últimas selecciones en el Mundial de Brasil 2014. Es el minuto 61 y ese gol acrecienta la ilusión de los ucranianos. Y aunque Yarmolenko pone en el 82 el 2-0 de penalti, Francia impone su calidad y experiencia y consigue vencer 3-0 en la vuelta para poner fin al sueño de Ucrania de estar presente en la fiesta mundialista de 2014.
No debe ser fácil cambiar la fina arena de la Playa de Ipanema por el crudo invierno del este de Europa. Las caipirinhas por vodkas o las gradas atestadas de apasionadas torcidas por los fríos trozos de hormigón salpicados de hieráticos militares ucranianos camuflados bajo sus ushankas. Meses después de que Cafú levantará el Pentacampeonato para su Brasil en tierras germanas, Edmar de Lacerda Aparecida  decidió poner fin a su corta etapa en el fútbol de su país y probar suerte en el exterior. Con 22 años abandonó el Internacional de Porto Alegre para enrolarse en las filas del Tavriya Simferopol, equipo de la capital de Crimea y por entonces de la Premier League Ucraniana. Edmar derribaba así la puerta de un fútbol y una cultura desconocida para muchos. Aparecía solo, alejado de los focos y la lluvia de petrodólares que rodean las llegadas de sus compatriotas hoy en día. Actuales fichajes a bombo y platillo para crear auténticas comunidades brasileñas en los mejores equipos rusos y ucranianos. Goles a ritmo de samba refugiados al calor de unos leotardos y un par de guantes. En Simferopol permaneció hasta 2007, capitaneando al equipo y exhibiendo un buen nivel con su juego creativo desde los tres cuartos. Y allí será donde conocerá a Tetiana Halovskyi con la que se casará en 2008 y de la que adquirirá su apellido de allí en adelante. Edmar de Lacerda dejaba paso a Edmar Halovskyi. Uno de los grandes del fútbol ucraniano, el Metalist Járkov del millonario Oleksandr Yaroslavsky pondrá sus ojos en él y concretará su fichaje en el verano de  2007. Edmar sabe que el sueño de jugar para su país natal Brasil es una quimera. Los pujantes talentos brasileños están creando la base de un equipo que quiere su Mundial a toda costa y cercenan cualquier esperanza de un debut a sus 31 años. Pero está rayando a gran altura en Járkov y no duda en aceptar la llamada de Oleg Blokhin para ayudar a su país de adopción en busca de su primera clasificación para una cita mundialista desde 2006. Y así el 10 de Agosto de 2011 debuta en un amistoso contra Suecia con derrota por 0-1. Hasta once entorchados contemplarán la carrera internacional de Edmar Halovskyi con Ucrania. Uno de los últimos aquél que terminó con 2-0 y que por un momento hizo soñar a Edmar con un regreso triunfal a su país para disputar una Copa del Mundo.
 
20 de Julio de 2014. Los últimos rescoldos de Brasil 2014 van apagándose. Alemania volvió a desempolvar su Panzer para subirse y aplastar como siempre nos tuvo acostumbrados. Brasil llora la versión moderna de su Maracanazo. España sigue en la lona, aturdida,  intentando levantarse. Son las sensaciones y las consecuencias que siempre deja el mayor espectáculo del Mundo. Pero en Ucrania poco importa todo aquello. Desde el 22 de Febrero de ese año, la tensión en el país crece entre la milicia separatista prorrusa y el ejército ucraniano. El clima de guerra civil se palpa en el ambiente. Ese 20 de Julio llegan noticias de que varios jugadores brasileños del Shakhtar Donetsk no quieren volver al país hasta que no se les garantice un mínimo de seguridad y se dan a la fuga desde su concentración en Francia. Ese mismo día en casa de los Halovskyi se recibe una notificación inesperada. Edmar es llamado por las autoridades ucranianas para combatir en el frente. La sorpresa inicial deja paso a la incredulidad y pánico posteriores. Él sólo sabe jugar al fútbol. Es lo que ha hecho toda su vida. Sus únicos disparos los han recibido los guardametas rivales. Los contrarios acaban dándole la mano tras las batallas de cada 7 días y las líneas enemigas son sólo rivales que superar. No entiende de guerras. Tras el susto inicial, los dirigentes del club ayudarán a Edmar y aclararán el asunto. Al tomar el apellido Halovskyi, las autoridades lo consideraron un ucraniano más que defender la causa del país en el frente, sin percatarse de que se trataba de un futbolista profesional. Edmar quiere que todo vuelva a la normalidad. Que la situación en su país de adopción se normalice y pueda volver a disfrutar del fútbol como lleva haciéndolo desde que aterrizó en aquellas lejanas tierras. Si lo consigue tal vez las puertas de la Selección de Ucrania puedan volver a abrirse para cumplir su sueño de jugar un Mundial. Ni más ni menos que el de la vecina Rusia. Será en 2018. Queda lejos y se le va muriendo el fútbol. Pero después de lo sucedido en los últimos meses todo es posible. En los que pasó de estar muy cerca de defender a Ucrania volviendo a su casa vestido de amarillo como mundialista a hacerlo de verde militar en una fría estepa ucraniana y escondido tras una trinchera.

domingo, 2 de noviembre de 2014

MERSEYSIDE, UN DERBY ENTRE LEYENDAS

Publicado en el número 50 de Kaiser Football
El Derby del Merseyside, un Derby entre leyendas...
Se dice en Liverpool, que si una de las dos estatuas de cobre y acero en forma de pájaro que custodian lo más alto de su Royal Liver Building echara a volar, la ciudad dejaría de existir. Que desde allí arriba, custodiando el río Merseyvigilan Liverpool. Mirada al frente y alas abiertas. Una mirando al puerto, esperando a los nuevos marinerosLa otra guardando expectante la ciudad. Otras voces nos cuentan que se trata de un macho y una hembra que desafiantes se dan la espalda y permanecen lejos la una de la otra, porque si un día decidieran aparearse, se alejarían de allí y Liverpool desaparecería para siempre. Son los Liverbirds. Así llamados por la mitología, aceptados como cormoranes en la actualidad. Estatuas que son imagen del Escudo de Armas del Rey Juan, fundador de Liverpool y que la ciudad adoptó como emblema para siempre. Leyendas de otra era. Mitos disfrazados de canciones y balones en este tiempo. The Beatles desde el vinilo. Everton F.C. y Liverpool F.C. desde los títulos y la épica. Para que sus ciudadanos sigan sintiendo con orgullo sus tradiciones. Para que como dos Liverbirds modernos, blues y reds, abran sus alas cada año y diriman desde lo alto del río Mersey la hegemonía del fútbol de la ciudad. En el Derby del Merseyside. El partido que más veces se ha jugado en el fútbol inglés. La ciudad que más títulos de Liga posee en Inglaterra. Rivalidad vecinal a una milla de distancia. La hegemonía de la urbe en 90 minutos. Los toffees nacieron antes Anfield fue su primera casa. No hay club con más temporadas en la élite. Los reds los empujaron a Goodison para desde Anfield Road construir su propia historia. Una de las más bellas jamás contadasThe Kop y su mágica atmósfera siempre presente a través de la tormenta. Decidí que era momento de sentir todo aquello en vivo. No había tiempo que perder. No fuera que antes alguno de esos pájaros decidiera echarse a volar…
 
Anfield emerge entre varias parcelas de unifamiliares. Como si tuviera la necesidad de sentir la cercanía de la gente. Para que los ecos de las batallas que se libran tras sus muros trasciendan rápido entre el pueblo y su historia nunca muera. Se levanta vetusto, orgulloso y con la pasión necesaria para cobijar al amor de su vida otros cien años más si hiciera falta. No es el más bello de los Estadios. Ni el más grandeni el más moderno. Pero sólo pronunciar su nombre intimida. Capaz de ganar batallas después de muerto. Y de morir con los suyos cuando se ha dado todo y dentro ya no queda nada. A unos metros, junto a sus paredes, “The Albert nos espera con sus inacabables cervezas. Sus paredes y techos la historia viva del fútbol del Viejo Continente. Cientos de bufandas y banderas de equipos de todos los rincones del planeta. Todos quieren su trocito de gloria en la cuna del fútbol de verdad. Allí dentro, un mar de camisetas rojas, cánticos, cerveza y más cerveza. El recuerdo a los 96 de Hillsborough muy presente en insignias, ropas y sus propias pieles. Para ellos nunca se marcharon y hoy a su manera volverán a vivir en Anfield. Delante de la fachada de The Kop, Bill Shankly nos recibe con sus brazos abiertos. Con él empezó todo cuando no había casi nadaSe acerca la hora del partido. El destino quiso que compartiera sitio en la grada con la afición del EvertonY que todo el baño de rojo de la mañana fuera teñido de azul por mi propio bien. El Estadio enloquece con la salida de los equipos. The Kop es un mar de banderas, de todos los tamaños, de todos los colores, que recuerdan a su rival la historia que les ha llevado a ser quienes son. Un fondo con vida propia dentro de Anfield. Con sus propias normas y códigos. Que adora por igual a su rutilante estrella y a quien dignifique su camiseta. Fútbol en estado puro. Atrona el “You´ll Never Walk Alone para decirle a los de rojo que ellos siempre van a estar allí. Pase lo que pase. Los aficionados blues no se dejan amedrentar y muestran a pleno pulmón el orgullo de su historia. El partido es tenso, sin un dominador claroMediada la segunda parte falta para el Liverpool al borde del área. Steven Gerrard agarra la pelota. Busca las costuras con el mismo encanto de los últimos 16 años. Mi desconocido compañero de al lado se agacha y mira por un buen rato al suelo. Lo ve venir. Gerrard saca la escuadra y el cartabón para confirmar las sospechas de mi amigo blue. Golazo por la escuadra para recordarle a nuestro fondo quien es el que manda allí. Los minutos pasan, y el Everton lo intenta sin suerte. Los hinchas toffees se desesperan. Deberán esperar hasta la segunda vuelta para devolverles la moneda. Hasta que en el 92, cuando no había tiempo para más, aparece Phil Jagielka. Para desde 30 metros poner su alma en un disparo y colarlo por donde ni el aliento de todo The Kop es capaz de sacarlo. Para marcar el gol de su vida. Nuestro fondo se viene abajo. Abrazos, locura, alegría desbordadaLos gestos serios son ahora felicidad. Han conseguido in-extremis  mantener la hegemonía del fútbol de Liverpool en suspense. Abandonan Anfield con una pícara sonrisa. Dentro de unos meses les esperan en Goodison
 
Cae la tarde en Liverpool todavía con el recuerdo y la emoción de aquél épico empateSus gentes todavía pasean por las calles con sus camisetas rojas y azules. Como si el partido todavía agonizara y quedara tiempo para voltear su resultado. Un paseo por el Albert Dock me permite sentir el contraste de ese Liverpool moderno y abierto al mar con el que acabo de dejar. El de los viejos edificios y calles llenas de vida con olor a música inglesa. Mi paseo termina en un imponente edificio. Es el Royal Liver Building. Mi mirada recorre sus 98 metros de altura. Allí, en lo más alto de ese gran bloque de hormigón descansan aquellos dos Liverbirds símbolos de ancestrales leyendas de la ciudad. Cada uno sobre una cúpula. Dándose la espalda. Cuidando de sus habitantes. Bien amarrados con cables de acero a sus torres. Saben que así nunca echarán a volar. así Liverpoolenvuelto en el punteo agudo de alguna guitarra del The Cavern pod seguir construyendo su mágica historia y por lo menos dos veces al año teñir sus calles de rojo y azul para discutir quién manda en una ciudad que vive el fútbol como pocas. Liverpool o Everton. Everton o Liverpool. En el Derby del Merseyside.

miércoles, 1 de octubre de 2014

GIULIANO TACCOLA: MUERTE EN EL VESTUARIO

Publicado en el número 49 de Káiser Football

Giuliano Taccola, la tragedia de un delantero llamado a marcar una época
A los treinta segundos del estreno del Scudetto 68/69 el marcador del Olímpico de Roma ya reflejaba movimiento. Giuliano Taccola celebraba exultante el tanto conseguido ante la Fiorentina. Helenio Herrera sonreía desde el banquillo. Ambos tenían motivos para estar felices. El delantero toscano se cargaba pronto de razones para hacer suyo el ataque giallorosso. El técnico ya veía en él al Mazzola de su mítico Inter, capaz de estampar en la red el Catenaccio más perfecto. Taccola quería convertir en realidad la promesa que ya goleaba la anterior temporada por la Ciudad Eterna. El Mago, recién llegado y exigido por la afición tras su exitosa trayectoria con el Inter, llevar a la Roma a lo más alto. El espigado delantero convencía a Helenio Herrera. Buen atleta, siempre bien colocado y excelente rematador. Tres meses después de empezado el Campeonato, Taccola compartía la tabla de goleadores con siete tantos con Roberto Boninsegna y Pietro Anastasi, sólo superados por Gigi Riva con doce. La trayectoria del equipo era bastante irregular pero al delantero le marchaban bien las cosas. Goles y buenas actuaciones hacían de Taccola una pieza fundamental en el engranaje de la Roma de Helenio Herrera. Pero todo empezará a torcerse. Ya al comienzo de la temporada los médicos del club le detectan un defecto cardíaco. El 24 de Noviembre un fuerte dolor de garganta le impide viajar con el equipo a Verona y aunque vuelve a jugar y golear, en la víspera del encuentro en el Olímpico del 25 de Enero de 1969 ante el Torino, Taccola es ingresado por una grave infección en las amígdalas. Ocho días después es operado de amigdalitis. Helenio Herrera, exigente al máximo con sus hombres, contrario en multitud de ocasiones a los responsables médicos del club y crítico con sus diagnósticos, fuerza al jugador en su recuperación y el 24 de Febrero el delantero vuelve a una convocatoria. Demasiado poco tiempo de convalecencia para lo que dictaminaban los servicios médicos. Demasiadas sustancias desconocidas proporcionadas al delantero para acelerar su vuelta al once romano. Mago blanco en la pizarra. Un genio para la prensa ávida de grandes titulares. Mago negro en la intimidad del vestuario. Un demonio para sus jugadores. El deportista antes que la persona. El resultado antes que la salud. De esta manera, Giuliano Taccola vuelve a los terrenos de juego el 2 de Marzo en Génova ante la Sampdoria. Dejará el terreno de juego en el minuto 62 por un esguince en su tobillo derecho. Jamás volverá a pisarlo de corto…
 
La A.S. Roma viaja el 16 de Marzo a Cagliari. Helenio Herrera obliga a entrenar por la mañana a Taccola para ver el estado de su tobillo de cara al próximo partido entre semana ante el Brescia pero el jugador sufre mareos, se muestra débil y debe abandonar la sesión. El delantero presencia el encuentro desde la grada y tras el 0-0 final baja al vestuario para saludar a sus compañeros. Una vez allí empieza a encontrarse mal y pierde el conocimiento. Ni las inyecciones de penicilina, ni los masajes en el corazón, ni la respiración boca a boca lograrán reanimarlo. Parada cardio-respiratoria. La ambulancia tardará más de una hora en llegar al Amiscora de Cagliari. Para entonces la vida y la fugaz carrera en la élite del jugador de 25 años ya se habían marchado para siempre, tan rápidas ambas como aquél gol a los treinta segundos de juego…
 
Su viuda Marzia Nanninpieri tuvo que salir adelante con dos pequeños de 4 y 6 años y el dolor de una vida truncada. Cuarenta y cinco años después continua peleando por esclarecer lo sucedido, convencida de que Giuliano no murió de forma natural sino exponiendo su organismo a la máxima exigencia física en pos de un mejor rendimiento deportivo. Ni la Roma, ni las instituciones pertinentes han estado a la altura de las circunstancias y han optado por dar carpetazo al tema. Como tampoco lo estuvo aquella tarde Helenio Herrera. Con sus compañeros conmocionados por el suceso, el técnico ordenó dejar Cagliari cuanto antes. El Brescia les esperaba días después en partido de Coppa y poco más podían hacer allí por su compañero fallecido. Mísera despedida para quien con sus goles estaba destinado a conducir al Mago a otra exitosa etapa en el calcio. En la actualidad Marzia sufre serios problemas económicos y convive con el recuerdo de la generosa sonrisa de Giuliano. Su lucha personal se vio respaldada por “Il terzo incomodo”, el libro que en 2004 publicó Ferruccio Mazzola. Hijo de Valentino, mito del Gran Torino y hermano del icono del Inter de los 60 Sandro Mazzola, sacará a la luz las prácticas de doping en el fútbol italiano de aquellos años. Pastillas misteriosas, líquidos inyectados de dudosa procedencia. Durante la temporada que coincidió con Helenio Herrera en el Inter, narra cómo el técnico era capaz de aumentar las prestaciones atléticas o acelerar la recuperación de sus jugadores con diversas sustancias dopantes. Pero el Calcio miraba hacia otro lado. Callaba mientras los recuerdos de aquellos hombres del Gran Inter de los sesenta envejecían juntos a los síntomas de unos organismos castigados. Giusti, Tagnin, Bicicli, Miniussi, Massiero, Facchetti, Longoni y el propio Ferruccio Mazzola contarán a sus nietos los éxitos de su Inter ahogando sus palabras entre los dolores de cánceres, tumores y hepatitis. El joven Giuliano Taccola no tuvo esa posibilidad. Ni tan siquiera la de ver crecer a sus dos hijos. Su madre les contará que en el frío suelo de un vestuario de Cagliari morirán los sueños de un delantero destinado a marcar una época.