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domingo, 15 de diciembre de 2013

LA FUERZA DE FERNANDO CÁCERES

Publicado en el número 43 de Káiser Football
Fernando Cáceres, ejemplo de fuerza y superación
En ocasiones la vida te pone a prueba. Te abofetea y te pone delante del dolor. Disfrazado de un familiar y su pelea con una cruel enfermedad por un sitio en este mundo. Vestido de un amigo y esa última conversación que jamás llegará con el papá que se acaba de marchar para siempre. Situaciones difíciles en las que las palabras de ánimo se escurren a menudo entre el llanto de la emoción y las respuestas a unos porqués que nunca llegan. Pero es en estos casos cuando descubres a gente formidable. Personas magníficas, fuertes como rocas, capaces de desmontar tu mejor guión preparado y ponerle una sonrisa a tanto dolor. Ese familiar o amigo, que incomprensiblemente vuelca sobre ti el saco de ánimo que le ibas a regalar. Gente extraordinaria que golpea con sus ganas de vivir a la desgracia, el infortunio o a su mismo destino. Una de esas personas esperaba impaciente la fría noche del pasado 13 de Noviembre en el túnel de vestuarios de La Romareda. Su vida ha cambiado. Los tacos de sus botas son ahora las gomas de dos malditas ruedas con las que ya no persigue delanteros sino el sueño de algo tan cotidiano como caminar. Su mirada, antaño concentrada en la marca del hábil punta rival, el faro solitario que busca desorientado el barco de una antigua vida. Y es que a Fernando Gabriel Cáceres, la bala del odio y el asco a la vida le cambió el 1 de Noviembre de 2009. Desde que mutiló su ojo derecho para dormir acostada en la cabeza del argentino, junto a sus sueños. Desde que forcejeó con aquél ratero adolescente en un asalto que le robó algo más valioso que lo meramente material. Parte de su propio ser. Fernando vió la muerte muy de cerca pero decidió que no era el momento y que quería seguir entre nosotros. Qué iría con todo a por la dura rehabilitación. Y entre lamentar su desgracia postrado en una silla y pelear por volver a ser el de siempre, Cáceres no lo dudó. Lo segundo, pibe.
El “Negro” Cáceres espera a que el speaker, como en aquellas noches de gloria en el Municipal, diga su nombre para saltar al césped. Allí le espera el homenaje del fútbol español a un hombre que en nuestro país defendió con su alma los colores del Real Zaragoza, Valencia y Celta. Futbolistas en activo de varios clubs españoles y del Real Zaragoza actual le esperan para arroparle en un partido en el que lo de menos es el resultado y que busca en su recaudación una ayuda para su costoso tratamiento. Y allí, a pie de césped y con algunos años encima, los amigos con los que un día vio arder París. Justo el año en que aquella Recopa del 95 se hace mayor de edad, este homenaje los vuelve a reunir. Cáceres los observa emocionado desde el túnel de vestuarios. Varios kilos y alguna arruga de más, pero la misma camaradería que un día les ayudó a convertirse en mitos del zaragocismo. Futuros entrenadores, buenos empresarios, altos ejecutivos. El horizonte de su vida dista mucho de la de ellos. Su inminente objetivo, tan primario como anhelado, volver a caminar. Más allá, el reto de poder dirigir un día un equipo profesional de fútbol. El speaker pronuncia su nombre. Ayudado por los promotores de este homenaje, Chema Sanjuán y Alejandro Martínez, Cáceres ingresa en el campo. Se hace difícil recordar una ovación como la de esa noche. Todo cariño y sentimiento. Desde su silla el “Negro” llora. Sus lágrimas le impiden ver la emoción en los ojos de los Cedrún, Aguado y Esnaider. El compañero que se hacía un gigante al fondo de aquella defensa aparece ahora empequeñecido, vulnerable y encorsetado a esas dos ruedas que ahora son su vida. Y eso duele. Avanza entre aplausos hasta un balón solitario. Y allí vuelve a hacerse grande, formidable, magnífico y con todo el coraje del mundo abandona por un momento su silla, detiene el mundo y vuelve a sentirse por unos segundos futbolista. Segundos para nosotros, un partido completo para el Negro. Emocionado, golpea la pelota y La Romareda rompe en aplausos. Sí, como difícilmente uno pueda recordar. Para agradecerle su ejemplo de esfuerzo y superación. Para darle las gracias por tanto. El aficionado maño, cabizbajo y desorientado en la búsqueda de su identidad perdida, observa emocionado cómo en el césped parte de su historia más reciente se reúne para animar a su amigo en apuros. Melancolía de aquellos años. Y hoy que venía para dar con su presencia toda la fuerza del mundo al “Negro” Cáceres, recibe del gesto del argentino y sus compañeros de aquella gloriosa época, esa dosis de moral que tanto le hace falta. Gracias.
Mi sobrino Adrián llevaba varios días impaciente esperando el “Homenaje a Cáceres”. Para él es la oportunidad de volver a reencontrase con los ídolos que sus escasos siete años han podido reunir. El argentino salta al césped, Adrián aplaude, pero su mirada inquieta va pasando revista a los Lafita, Gabi y Ander. Sí, allí están. Héroes de un equipo diferente al del “Negro” y sus amigos. Triunfadores de proyectos de salvación por los pelos. Pero son sus primeros cromos, los que te marcan para siempre y allí los tiene de nuevo juntos. Ante la fuerza de nuestros aplausos Adrián mira a los mayores que allí estamos con él. Y si desde su corta edad fue capaz de leer en nuestra mirada emocionada, descubrió el dolor de sentir que uno de nuestro mejores cromos está en apuros. Que le vimos correr y ahora no le vemos andar. Pero que nos transmite la misma fuerza que empleó para ofrecernos aquella Copa colgado de aquél larguero en París. Su próximo trofeo abandonar aquella silla. Ejemplo de superación para que Adrián entienda que un día su club tuvo un equipo de leyenda y que estuvo formado por hombres extraordinarios, liderados por Fernando Cáceres, capaz de devolverle todo el cariño y la moral que fue a darle una fría noche de Noviembre. Fuerza “Negro”.

domingo, 12 de mayo de 2013

LAS LÁGRIMAS DE GUSTAVO

Publicado en el número 38 de Kaiser Football
Las lágrimas de Gustavo Poyet, imagen de aquella Recopa del 95
Vino hacia nosotros moviendo los brazos porque ya no había piernas. Su cara desencajada, el león rugiendo en su escudo y preguntándole al uruguayo si entendía cuánta felicidad le estaba llevando a esa personas. Su gesto era agradecido. A esa gente sin garganta y mil kilómetros a las espaldas. A ese club que lo sacó del anonimato del fútbol francés para hacer historia de azul y blanco. A sus compañeros. A Nayim…Al Mundo. Era el grito de la felicidad, del gracias, del para vosotros, del me lo merezco, del claro que sí, de la rabia. Era el sentir de España, Aragón, Zaragoza y su Real. Del final más increíble que se recuerda, de un gol para siempre, de una Recopa en 120 minutos. Y yo lo ví. Vino llorando como un niño intentando abrazar a todo aquél fondo. Si hubiera querido lo habría hecho. Porque corazones como el suyo consiguen lo que se proponen. Llegó a por la Copa y se la llevó. Dejando al del bigote dentro de su portería con diez mil gargantas a sus espaldas gritando sin saber muy bien porqué. Y aquél 9 que aterrizó para hacerse el mejor 8 se entregó a su gente. A esa que nunca falla. Y nos ofreció sus lágrimas, la fuerza de su interior. La misma que exhibía llegando desde segunda línea sin avisar. Con aquél estilo tan suyo. Tan peculiar. Tan llamativo.

Aquella noche está repleta de imágenes. Las que todos vimos. El golpeo sublime, la parábola de todos los tiempos, el gol definitivo. A Fernando Cáceres, al que unos malnacidos han querido dejar bajo tierra, subido a la cruceta de aquella mágica portería orgulloso de su conquista. Fuerza “Negro”. Algunos vieron a Sergi, al que atropelló la vida, megáfono en mano dejándose el alma entre los aficionados. Y a Solans padre con su camiseta jaleando emocionado a su gente. Y luego las que no vimos nadie. Ese gesto divino ayudando a trazar esa curva imposible, o empujando a Seaman al abismo mientras desde aquél fondo no dábamos crédito a lo que iba a suceder. Esa Pilarica…Pero siempre hay algo que se queda en tu retina para siempre. Y yo lo ví. A Gustavo Poyet y sus lágrimas. Y esa manera de celebrarlo. Con pasión. Con emoción. La misma que empleó para llevar a un equipo de la promoción de descenso a triunfar por Europa. Grande Gustavo.
El pasado 10/05/13, aquella Recopa se nos hizo mayor de edad. Todos hemos crecido con ella. Todos hemos cambiado. Nos mira orgullosa y nosotros a ella con preocupación. Su Real Zaragoza no pasa por buenos momentos. Aunque estos dieciocho años han dejado alguna pincelada para la historia, en la actualidad, lucha año tras año por eludir el descenso. Pero en el día de su cumpleaños ella está feliz. Muchos la miran y sueñan despiertos con aquella noche en París. Con Nayim, Cáceres y Sergi. Yo cierro los ojos y veo a Gustavo gritando a los cuatro vientos ofreciéndonos su llanto. Él llegó y en su primer año peleó por un descenso. ¿Guiños del fútbol?. No se sabe, pero me aterra tener que venir con mis nietos a verla en su 75 cumpleaños y la encuentre triste, sola y desorientada. Y no quiero. Quiero otro Poyet que me regale mil imágenes para el recuerdo partiéndose el alma y haciendo del Real Zaragoza lo que es. Grande de Europa. Gracias Gustavo.

sábado, 21 de enero de 2012

ZARAGOZA NO SE RINDE

Andoni Cedrún, Corazón zaragocista
 
"Sólo quiero que el Real Zaragoza sea un club normal". Desde sus 198 centímetros del zaragocismo más puro, Andoni Cedrún, sangre vasca en un corazón maño, explicaba con profunda desazón en una radio deportiva nacional, su impresión sobre la dura situación actual del club de su vida. Sus palabras se debaten entre la simpleza de lo evidente y el vértigo de quien se acerca al abismo. Y golpean con crudeza, por venir de quien vienen. De la bandera del optimismo y nobleza más racial ahora hecha jirones por la deriva de un club sin rumbo.

Andoni no reconoce este club. No conoce este equipo. Quizás porque las magulladuras recientes han dejado al guerrero del León herido de muerte y desfigurado. Quizás porque su optimismo enfermizo oscila violentamente entre la pelea de lo que quiere y lo que ve. Cuando él atajaba sus primeros balones oía las gestas de un equipo imponente y magnífico, que era obligado a salir de vestuarios de un campo inglés. No llegaba tarde al comienzo de aquella semifinal, no. Antes de abandonar Ellan Road, el aficionado británico quiso despedir a los artistas que habían dejado fuera de la final de la Copa de Ferias a su Leeds United con una exhibición de juego y goles. Corría 1966 y tras el 1-3, aquella ovación puso a Zaragoza en el mapa del fútbol europeo.
Dos décadas después esa historia la escribió el vasco. Recopa, tanda de penalties y la Roma de Boniek al suelo. El Ajax de Cruyff y Van Basten le despertó del sueño, pero Andoni, Europa y Zaragoza ya se habían citado para irse de Copas por París.
Eran tiempos de promesas, en los que Cedrún, desde lo alto de un balcón, emplazaba a 100.000 zaragocistas de un año a otro para entregarles los triunfos de un equipo histórico.
Pero más allá de los éxitos deportivos eran épocas en las que un club modélico en su gestión y señor en su imagen arañaba la gloria entre los gigantes nacionales y europeos.

Los tiempos han cambiado y las finales de Copa han dado paso a Leyes Concursales. El León no se reconoce en su nuevos trazos y el futbolista fiel a un club es ahora un muñeco de ida y vuelta. No como aquél portero que llegó buscando sitio desde un Athletic campeón y se quedó para siempre. Desde su grito desesperado, Andoni busca para el Real Zaragoza un estado de normalidad. No quiere que el León salga de su escudo para lanzar zarpazos a la Historia, ni ovaciones en campo rival. Ya no quiere quemar París desde un pateo celestial ni que la derecha de un "hueso" argentino ponga el azul a una montaña mágica destinada a ser blanca merengue. Ni tan siquiera añora levantar títulos prometidos. Sólo que alguien le prometa a él que algún día le devolverán al Real Zaragoza del que se enamoró.
Sus palabras suenan con la fuerza de quien desea un club respetado y admirado por una gestión seria y honrada. El deseo de pertenecer a un club reconocido por sus 80 años de valor y dignidad antes que por la efímera gloria del éxito.

Hasta que eso suceda Andoni levanta la voz por la tierra que un día le acogió y le hizo grande de Europa. No puede imaginar Zaragoza sin su equipo. El Pilar sin sus torres, el Batallador sin su espada, Agustina sin su cañón...Zaragoza sin su Real. Una ciudad y un equipo que Andoni nunca ha conocido. Ni conocerá. La ciudad en la que siempre habrá una lengua viva para decir que no se rinde. Siempre ha vuelto. Y volverá.