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miércoles, 25 de enero de 2017

JIMMY GREAVES, LAS VIDAS DE UN GOLEADOR





“Una vez tuve una sequía de gol. Fueron los peores 15 minutos de mi vida”. El público rompe a reir como acostumbra a hacer con cada irónico y jocoso comentario con los que el ya sesentón Jimmy Greaves salpica sus actuaciones desde los escenarios de los mejores locales de Londres. Bajo aquél canoso bigotón, Greavsie también esboza una pícara sonrisa. Sabe de lo presuntuoso y exagerado de aquella aseveración. Pero para sus adentros y para quienes le conocen saben que el bueno de Jimmy no va muy desencaminado. Pocos han tenido esa habilidad y eficacia en el noble arte del gol. Nadie habrá hecho más goles desde entonces para alguna de las grandes ligas europeas. Son los primeros años del nuevo milenio y toda aquella vida de éxito acomodando balones en el fondo de las porterías inglesas y las miles de anécdotas vividas allá por los 60, forman parte de su repertorio. Su estilo cercano, canchero y socarrón entusiasma a un público que ve en su ejecución la misma facilidad con la que apiló aquella montaña de goles en la que desde entones continúa descansando en lo más alto. Jimmy Greaves disfruta de manera tardía de lo que él mismo considera su segunda vida. Esa que cumplidos los treinta lo empujó desde la cúspide y sin avisar a un mundo desconocido en el que ya no valía con ser el mejor en lo único que llevaba haciendo desde niño. Meter goles.
 

El 20 de Febrero de 1940, recién iniciada la Segunda Guerra Mundial y meses antes de los bombardeos alemanes sobre las principales ciudades de Inglaterra, nacía James Peter Greaves en East Ham, cerca de Londres. Nunca fue un brillante estudiante. Quizás porque como a la mayoría de aquellos pequeños ingleses aprender un nuevo regate le parecía más importante que el lenguaje, el álgebra o las ciencias sociales. Jugar al fútbol era su vida. Todo el día si podía ser. Hasta que al caer la tarde, la tenue luz de las farolas no permitía distinguir rivales de amigos y decretaba para desencanto de aquellos niños el final de la contienda. Sobre aquellos húmedos empedrados de East Ham, Jimmy se distinguirá como uno de los mejores. El mejor cuando de hacer goles se trataba. Pronto llamará la atención del Chelsea que lo incorporará a sus categorías inferiores hasta que en 1957 hará su debut con el primer equipo. El rival, cosas del destino, el que será el equipo de su vida, el Tottenham. Lo hará con gol, como hizo con cada camiseta con la que debutó, incluida la de la Selección inglesa. Tras 4 años, 132 goles y 2 veces máximo artillero del Campeonato con los de Stamford Bridge, no pudo rechazar los cantos de sirena de un fútbol italiano económicamente mucho más poderoso por aquél entonces. Corría la 61/62 y el A.C. Milán de Cesare Maldini, Trapattoni y Rivera, a la postre Campeón de Europa la siguiente temporada se hacía con sus servicios. Su estilo imprevisible, su futbol de calle, su facilidad para moverse a su antojo para sin esperarlo acudir a la hora prevista a su cita con el gol, chocarían frontalmente con las ideas del técnico Nereo Rocco. Bajo los cimientos del Giusseppe Meazza, sobre la pizarra de sus vestuarios, Rocco esbozaba ya los trazos originales del primer catenaccio. Un estilo que viajará para quedarse en la genética del calcio italiano para siempre y que el inglés nunca asimilará. Greavsie dejará 9 goles en 13 partidos antes de volver a la libertad y el fútbol de ida y vuelta que su país le ofrecía. Bill Nicholson ofrecerá la curiosa cantidad de 99.999 libras para traerlo a su Tottenham y para que desde allí escriba las páginas más importantes de su carrera. Con aquella llamativa cifra no quiso que cayera sobre sus hombros la presión de convertir a Greaves en el primer jugador por valor de 100.000 libras. A partir de allí una cascada de éxito, títulos y goles. Goles de todas las facturas. Con una pasmosa facilidad sólo al alcance de muy pocos. 268 en 381 partidos. Goles decisivos, de cabeza, de tijera, de penalty, para cerrar goleadas. Goles que ayudaron a los Spurs a levantar dos FA Cups y una Recopa de Europa en 1963 y que convirtieron a Greaves en 4 veces más máximo goleador del Campeonato inglés. Su fama le puso a la altura de un grande de la época como Bobby Charlton. Junto a él jugó los mundiales del 62 y del 66, este último, en el que Inglaterra conquistaría el título en su propio país. Pero a pesar del éxito obtenido, aquél Campeonato supuso una enorme decepción para Jimmy Greaves. Aquél torneo llegaba en su mejor momento. Participó como titular en la primera fase pero cayó lesionado ante Francia en el último partido. Su lugar en el once titular en las rondas finales lo ocupará Geoff Hurst. Para la gran final Greaves ya recuperado esperaba recuperar su sitio en el once inicial pero el técnico Alf Ramsey siguió contando con Hurst. El hueco que la historia le tenía reservado lo ocuparon su compañero Hurst y sus tres goles en Wembley. La memoria del mundo del fútbol es corta y exigente el público con sus ídolos En la temporada 69/70 Greaves bajó su rendimiento y el interés del Tottenham en hacerse con los servicios del internacional del West Ham Martin Peters, llevó a un trueque y dio con Greaves en los Hammers. De allí en adelante su carrera se lanzará paulatinamente hacia un triste ocaso distorsionado tras el cristal de cientos de jarras de cerveza y decenas de botellas de vodka. Mediados los 70 intentará volver en equipos que hacían su camino por los suburbios del fútbol inglés, pero el alcohol ya había convertido aquella perfecta máquina de golear en un ex-futbolista sin rumbo.


Jimmy Greaves tocó fondo, se arruinó y lo perdió todo, incluida a su familia, hasta que en 1978 y tras pasar por varios centros de desintoxicación, tomó su último trago y se juró que ya no lo haría más. Se alejó para siempre del alcohol e intentó reconstruir su vida en busca de una segunda oportunidad. Su carácter afable y extrovertido le llevaron junto al ex-jugador del Liverpool Ian St. John a encontrar un hueco en los medios de comunicación. Ambos condujeron con éxito entre 1985 y 1992 el espacio televisivo “Saint and Greavsie” que analizaba desde un punto de vista divertido y diferente la inminente jornada de la Liga Inglesa. El fútbol más profesionalizado llegó y con ello la Premier League. No había hueco en ese escenario para la diversión de Saint y Greavsie. Pero Greaves se sentía bien en los medios. Cuando esa etapa terminó y aprovechando su tirón mediático se lanzó a los escenarios. Desde allí, y con su inconfundible estilo, contará al público presente los avatares de su vida. Cómo ser campeón del Mundo y sentirte frustrado. Cómo cambiar los billetes de la bella Italia por volver al encanto de tus maravillosas Islas. Cómo ser el mejor goleador del momento y que 15 minutos de sequía supusieran lo peor de tu vida. Una sequía que más adelante necesitó para apartar aquellas malditas botellas y poder disfrutar así de una segunda vida. Esa que cuando los grandes focos se apagaron y el balón dejó de rodar nadie le había enseñado a vivir. Y es que hasta ese momento el bueno de Greavsie vivía dedicado a lo que mejor se le daba. A divertirse fabricando una imponente montaña de goles.

lunes, 26 de septiembre de 2011

EL BALÓN DEL 66

Helmut Haller perdió la final del 66, pero aquél balón descanso en su casa durante muchos años
Aquella tarde de 1996 el cincuentón Helmut había decidido abandonar antes de tiempo a su rubia y espumosa compañera de todos los días y había dejado sin gol aquél centro que tantas y tantas veces le hacían rematar sus compañeros de tertulias futboleras de aquél lujoso Restaurante que él regentaba. Hoy lo habían notado especialmente intranquilo y algo más distante que otras veces en las que su potente voz se elevaba sobre el resto y se erigía en el centro de atención de aquellas reuniones que giraban en torno al balón y los éxitos de la Mannschaft.
Hacía frío en Augsburg y Helmut caminaba pensativo hacia su casa donde ya le esperaba aquél periodista del Daily Mirror, ése pérfido inglés que le iba a tomar prestado para siempre su pequeño pedazo de historia. Se saludaron educadamente y charlaron de manera amistosa antes de que el rubio anfitrión condujera a su invitado hacia el sótano de su casa. El inglés tomó asiento y Helmut apartó varias botellas de aquél inmejorable vino que se degustaba en su Restaurante para descubrir entre ellas una caja negra que contenía el motivo de la visita del periodista británico. Inquieto la abrió, sacó su contenido del interior y lo lanzó al aire. Su color naranja había perdido la viveza de aquél verano del 66 y el paso del tiempo había acartonado ligeramente sus 24 gajos alargados, pero era inconfundible. Era el Slazenger, el balón de aquella final entre ingleses y alemanes.
 
Una vez el suizo Gottfried Dienst pitó el final de aquél encuentro, la locura entre los ingleses se desató. Corría el 30 de Julio de 1966 y por fin podían mirar cara a cara y orgullosos a su invento de mediados del siglo anterior. Habían derrotado por 4-2 a la rocosa Alemania de Seeler, Overath y Beckenbauer y eran los Campeones del Mundo. Los abrazos se sucedían, las lágrimas aparecían entre los héroes del escudo de los tres leones, pero el balón de aquél partido se aferraba a los brazos de un rubio alemán. Quizás para no borrar nunca la brizna de cal que pudiera quedar sobre su piel naranja y guardar para siempre la única prueba de que aquél 3-2 nunca debió subir al marcador. Quizás como él decía, porque existía una tradición por la que el ganador recibe el trofeo y el perdedor se lleva el balón. Ó como un gran recuerdo para su pequeño Jürgen, del Mundial en el que su padre destacó entre figuras como Charlton, Eusebio ó Beckenbauer. Fuera por el motivo que fuera, por tradición aquél balón no le pertenecía. Y de tradición y fútbol nunca se le debe discutir a un inglés. El propietario de aquél balón tras el pitido final no era otro que el goleador del West Ham Geoff Hurst, autor de 3 goles en aquella final. La grandeza del verdadero logro conseguido hizo que aquella tarde ese detalle permaneciera en un segundo plano y la tradición sucumbiera ante el despiste del exultante delantero. Pero la nostalgia del 10 inglés y la coincidencia del trigésimo aniversario de aquél hito con la celebración de la Eurocopa´96 en su país provocó que varios diarios deportivos británicos se pusieron manos a la obra para que el balón de aquella mítica final descansara para siempre en suelo inglés.
 
Habían pasado 30 años desde que el zurdazo de Geoff Hurst en los últimos segundos de aquél partido, besara por cuarta vez las mallas de la portería del alemán Tilkowski en aquella final de Wembley. Desde el momento en que el balón salía de aquellas redes y hasta ese frío día de 1996 en Augsburg, el balón tuvo un sólo dueño. El mismo que en aquella final y con el 8 a la espalda del combinado alemán, silenciaba la Catedral londinense con un derechazo en el minuto 12 ante el que nada pudo hacer el "Chino" Banks, para poner el 0-1 en el marcador. Ese rubio cincuentón que ahora remata recuerdos en las tertulias de su Restaurante de Augsburg. El gran Helmut Haller.
Haller entregaba con suma elegancia su conquista de aquél lejano Julio del 66. Entendía la importancia que el pueblo inglés otorga al fútbol y a sus símbolos. Quería que aquél balón descansara cerca de quién mayor gloria le dió con 3 golpeos para la historia. Jürgen, ya treintañero, despedía a su inseparable compañero de juegos en aquél sótano. El compañero de los 24 gajos al que pateaba ignorando que poco tiempo antes papá Helmut había enviado a la red en los comienzos de la final de un Mundial para enmudecer a todo un estadio repleto de ingleses...