martes, 1 de mayo de 2018

BANDERA Y ORGULLO


Para esta 17/18 el pequeño Adrián y yo hemos cambiado nuestra ubicación dentro del Municipal. Atrás quedarán varios años parapetados en la fila más alta de la Tribuna Cubierta a los pies de unas cabinas radiofónicas que con su sobria estructura ejercían de imponentes guardaespaldas. Nos llevaremos para siempre en el recuerdo la voz del inconfundible Jesús Zamora. Entrando en directo para la COPE y desde la soledad de esas cuatro paredes darnos el minuto y resultado o dejarse la vida narrando un gol in extremis de su Real Zaragoza. La silueta de Lalo Arantegui confundido entre gorros, bufandas, bocadillos y montañas de cáscaras de pipas. Ejerciendo entonces de capitán general de nuestros vecinos azulgranas de más arriba, apuntando en su libreta decenas de nombres y trazando  líneas imposibles de descifrar. Allí quedaban asentadas las bases para la emboscada perfecta en su próximo duelo frente a los maños. El actual abono nos ha llevado a mi sobrino y al que os escribe al Fondo Sur. Y aunque nuestros nuevos asientos están situados detrás de la portería, hemos localizado un poco más arriba un par de sillas libres en uno de esos coquetos palcos que hacen ver el partido como si desde la terraza de tu casa se tratase. Éste en concreto perpendicular a la línea de cal sobre la que se ejercitan los suplentes de ambos equipos. El cargante humo del puro de un señor a nuestra derecha, dos niños que descuelgan varias banderas y bufandas por el balcón contiguo a la izquierda y otro aficionado que absurdamente susurra gol en cada acción mínimamente peligrosa a nuestra espalda son los vecinos que nos acompañan cada quince días. Pero una cosa llamó nuestra atención desde los primeros partidos en esa nueva ubicación. A falta de unos cinco minutos para dar comienzo cada encuentro en La Romareda, un niño de no más de 13 o 14 años entra sólo por una de las bocas de acceso de Tribuna Preferencia. Es la zona limítrofe al córner de Gol Sur donde los más pequeños se arremolinan para ver calentar a sus ídolos y quién sabe si llevarse cómo valioso trofeo un peto sudado o la sonrisa cómplice de un suplente cabreado por dentro por un nuevo encuentro sin volver a jugar. El niño porta una gran bandera del Real Zaragoza encajada a la perfección en un tubo de PVC flexible que ejerce de mástil. Desciende varios escalones y con su bandera se sitúa como un galeón perdido entre el imaginario océano de plástico azul de las decenas de asientos vacíos que le rodean. Saltan al césped los protagonistas. El público aplaude y él en un acto casi litúrgico se levanta, pone un pie sobre uno de los asientos y se gira con decisión hacia el sector reservado para la hinchada visitante que queda en la grada superior y que ya recibe con entusiasmo a los suyos. Y es entonces cuando agarra con firmeza su bandera y la ondea fuerte al viento sin apartar la mirada un solo momento de aquellos que esa tarde han osado venir de lejos para discutirle los tres puntos a su Real Zaragoza. Pueden ser media docena desde Lorca, la ruidosa mareona gijonesa o el complicado y bravucón osasunista. El crecido vecino aragonés o la cara B  de algún clásico rival de nuestra añorada Primera División. En cada impetuoso y enérgico vaivén de aquél pedazo de tela el recuerdo para todos ellos de que a pesar de los tiempos de sombras y hastío vividos por el club en los suburbios de la división de plata, hoy visitan la casa de un pedazo de la historia del fútbol español. Y siente la necesidad de enseñarlo, de demostrarlo. En cada orgulloso volteo de aquella bandera el sentimiento de pertenencia a una entidad que busca de nuevo el respeto que un día se gano por España y por media Europa. Con una gestión entonces modélica y ejemplar alejada ahora por los buitres que en la última década han acechado a un león herido y desfigurado que lanzaba zarpazos desesperados desde un rincón. Colándose en suelo patrio por aquellos años en las fiestas de los más grandes, bailando con la más guapa y levantándoles la Copa de la que confiados ya bebían a morros. Tirando por Europa de grandeza en la victoria. Haciendo a la Roma de Boniek y Ancelotti pequeña y vulnerable bajo la alargada silueta del gigante Cedrún en unos penaltis para toda la vida. Escribiendo con la letra de la épica en la derrota. La piscina de La Romareda el día del diluvio universal. Aquél gol de Ruben Sosa para soñar mojados. El espectacular Ajax de Cruyff y Van Basten para despertar en seco. Y París…siempre París. Fundiendo nuestra garganta con la de Sergi y su megáfono y todavía colgados con el Negro de aquél travesaño con un sueño llamado Recopa agarrado en su mano. Historias, momentos, y sensaciones transmitidas de abuelos a padres y de padres a hijos. Emociones que ese niño no ha vivido y que como yo hago con Adrián a buen seguro le habrán contado los más mayores con el corazón envuelto en un puño y el brillo en los ojos. Cada quince días, el icónico gesto de aquél irreductible muchacho con la cabeza alta y el orgullo por bandera ejerce de eslabón entre una generación, la suya, que sólo ha conocido a su equipo entre dudas, proyectos de salvación y frustración y un tiempo pasado excitante y lleno de grandes historias para el recuerdo que muchos tuvimos la fortuna de poder vivir.

Sólo deseo que el año que viene sea en Primera. Aunque el humo de aquél puro se nos vuelva a meter hasta las entrañas deseo volver a conquistar aquellas dos sillas de ese palco y desde allí observar cómo nuevos inquilinos desembarcan en esa zona de Tribuna Preferencia y convierten la soledad del actual océano de plástico azul en el que navega ese chico en un mar de banderas del Real Zaragoza. Desde la lejanía de ese Fondo Sur sueño con que me llegue un hilo de la voz de Jesús Zamora rasgando su garganta en un gol que valga una clasificación para Europa y ver a Lalo celebrándolo con su gente en el césped. Será entonces cuando el niño cogerá su bandera, la ondeará como nunca mirando orgulloso a todo el Estadio y enterrará para siempre la oscuridad de un tiempo para olvidar. Y así de una vez por todas podré decirle a Adrián lo que tanto tiempo llevo deseando: -Ahora es cuando vais a conocer al otro Real Zaragoza. Preparaos para disfrutar-.

miércoles, 28 de febrero de 2018

HASTA SIEMPRE QUINI

Enrique Castro "Quini"
Ayer muchos sentimos cómo nos arrancaban parte de la niñez que celosos todavía guardábamos como un tesoro en nuestro poder. Eso si es que todavía algo quedaba de esa niñez aferrada a nuestro lado apartando la mirada de eso llamado tiempo. Ayer Quini se fue para siempre. Se marchó Quini y se me apagó para siempre aquella tele minúscula en blanco y negro que tenía en mi habitación. Aquél aparato que debía sintonizar ruleta en mano si quería dejar sólo en decenas los cientos de moscas que interferían en la imagen que de allí salía y me impedían ver con cierta nitidez los goles de la jornada en Estudio Estadio la noche de los domingos. Lo hacía de manera clandestina. Sí, al día siguiente había cole. Y yo no entendía como rayos de aquél aparato tan pequeño podía salir semejante chorro de luz ni qué demonios debía hacer para que no me delatara a aquellas horas de la noche. Sólo quería ver un salto de Santillana, un vuelo de Arconada. Me bastaba una volea de Quini para poder apagar aquella tele y marchar a dormir con una sonrisa antes de que mis padres me pillaran. Sin duda aquellos tipos eran mis héroes. Capaces de hacer cada domingo lo que muchos soñábamos con hacer toda la vida.

Ayer marchó Quini y se llevó el campo embarrado, el pantalón ceñido y el puño en alto en la celebración. Nos aleja para siempre de Cundi, Joaquín, Mesa y su Sporting de Gijón, del delantero rudo, de raza, de las botas negras, del primer esbozo de aquello de lo que nos enamoramos y que ahora en ocasiones cuesta llamar deporte. Se ha ido y con él el partido del sábado por la noche en la 2, los domingos a las cinco y una radio, nueve nacionales y dos formidables extranjeros por escuadra. Fútbol de un tiempo cada vez más lejano gobernado por hombres de la estirpe de las buenas personas. Del esfuerzo, la brega y la constancia. De la buena cara y la sonrisa cuando vienen mal dadas. Y allí encontramos a Quini. Sentado sobre una montaña de goles repartiendo pines de su Sporting, sin parecer ser consciente quizá de la historia escrita tiempo atrás y de lo que supone para mucha gente.

Ayer se nos llevaron a Quini y algunos nos hicimos un poco más adultos. Enterramos para siempre aquella sensación de escuchar su nombre y estremecer pensando inequívocamente en la épica de un cabezazo en plancha, de un potente derechazo, de un nuevo gol. De saber que Enrique Castro vendría a tu casa y haría todo por derribar el muro de hormigón que habías levantado frente a tu portería hasta acabar metiéndola dentro. Como le dije a un amigo dibujante, ayer se fue el Ibañez de sus cómics. Una de esas personas que con su buen hacer fue capaz de echar a volar mi imaginación y hacerme disfrutar en esa época de la vida en la que cualquier cosa se exprime y todo te parece alucinante. Ayer murió Quini y se llevó lo poco que va quedando del recuerdo de la infancia y una forma genuina de aprender a querer al fútbol. De entre decenas de periódicos y revistas deportivas todavía conservo una antigua baraja de la Selección Española de 1982 que aún guardo con cariño y pone una sonrisa a este adiós. Aún recuerdo la mejor de todas las cartas, la que destrozaba a todas y era una suerte tenerla. La de Enrique Castro “Quini”. Hasta siempre Brujo

miércoles, 26 de julio de 2017

ALAN SHEARER, CIENTOS DE GOLES Y UN BRAZO EN ALTO

Publicado en la web de www.espaciopremier.com

Alan Shearer, leyenda del fútbol inglés

No saludaba a ningún amigo escondido entre la grada. Ni levantaba diligente su brazo derecho como en la antigua escuela a sabiendas de conocer la respuesta a una difícil pregunta. Ni siquiera pedía un taxi. No, aquello no era un centro de enseñanza, aunque siempre algo se aprendía. Tampoco era un espacio para taxis, pero sí un lugar en el mundo para tener muchos amigos al abrigo de las eternas viseras de chapa de aquellos estadios ingleses que entremezclaban tradición y modernidad. El veterano Alan Shearer lo había vuelto a conseguir. El portero desparramado, el balón en la red, una exultante sonrisa y su brazo derecho levantado viajando hacia una nueva celebración. Una inconfundible estampa que se repetía una y otra vez cada fin de semana por los campos del fútbol inglés. Donde ahora se escenifican irritantes coreografías, un sencillo gesto como ese le bastaba al nueve inglés para acompañar a su nueva captura camino de la inmortalidad. Pero el de aquella tarde del 7 de Enero de 2006 en St.James´Park tenía un significado especial. Shearer recogía el taconazo de Albert Luque para batir a Pressman, guardameta del modesto Mainsfield. Con ese tanto igualaba los doscientos que desde hacía casi cinco décadas mantenía a Jackie Milburn en lo más alto como máximo goleador histórico del Newcastle United. Y lo hizo en la FA Cup, en su casa y frente a la grada de Gallowgate End, el fondo que el pequeño Alan ocupó cuando era niño para ver a los ídolos del equipo de su ciudad. Allí donde la leyenda de Milburn corría como la pólvora de padres a hijos y se engrandecía al paso de los años. Shearer llevará la marca hasta los 206 goles y con 36 años lo dejará. No habrá más celebraciones. Se sacará el brazalete de capitán, aparcará su fusil y bajará su brazo derecho para siempre.

Alan Shearer cambió los goles por los micros. Ahora comenta partidos de la Premier para el espacio de la BBC “Match of the day”. Se siente cómodo, aunque siempre con la incógnita de qué será de él tras una mala tarde en un hábitat que no es el suyo. Allí abajo, de corto y sobre el verde, sabía que tras un mal día siempre le esperaba otra oportunidad. Mira hacia atrás, satisfecho de su carrera y la forma de conseguirlo. El esfuerzo, la ilusión, la perseverancia. Siempre imaginando el próximo gol. Inventando remates imposibles. Haciendo de su eficacia un arma y de su oportunismo una virtud. Convirtiéndose en un santo en The Dell. Debutando en el fútbol de verdad haciéndole tres al Arsenal cuando todavía guardaba repetido el cromo de alguno de sus rivales. Dejará Southampton para que el Dios Le Tissier gobierne solo y para siempre a los Saints. Rechazará al todopoderoso Manchester United y se unirá a Kenny Dalglish para liderar una de las historias más maravillosas jamás contadas. El sueño hecho realidad de la pequeña Blackburn y su Rovers tocando el cielo en Anfield en aquella mágica tarde de Mayo del 94. Título de la Premier y la confirmación de una máquina casi perfecta de hacer goles. Más de treinta en cada una de las tres últimas que Ewood Park disfrutó del portentoso goleador de Newcastle. Shearer mira hacia atrás y se siente un afortunado. Ha hecho lo que siempre más le ha gustado y mejor sabía hacer. Y acertadas o no tomó las decisiones que en cada momento creía correctas. Escuchando atento, en algunas de ellas, lo que dictaba su corazón. Goleando, aunque sin premio final, en la Eurocopa de su propio país en 1996, Shearer era ya objeto de deseo de los grandes del fútbol europeo. Sir Alex Ferguson volvió a llamar a su puerta. Allí los títulos estaban prácticamente garantizados. Un transatlántico europeo que ya cogía velocidad para un día atracar en Europa y dominarlos a todos. Pero Kevin Keegan, un mito entre los Magpies, llegó para cambiar la historia. Ofreciendo a Shearer lo que siempre había soñado. La posibilidad de ganar esos títulos en el equipo de su vida, el Newcastle United. Convirtiéndolo en ídolo y auténtico líder de un equipo armado al nivel de los mejores. Ginola, Asprilla, Les Ferdinan, Robert Lee…A lo largo de estos diez años tocarán varias veces el cielo pero aunque el club hizo todo lo que estuvo en su mano, siempre habrá alguien mejor que ellos.


Alan Shearer mira para atrás y sonríe. Nadie ha hecho más goles en Premier League. Nunca se arrepentirá de haber cambiado el éxito asegurado de Manchester por la sensación de un gol vestido de blanco y negro en St. James´ Park. Y eso el aficionado es algo que nunca olvida. -"El mejor día de mi carrera fue el día que superé el récord de Jackie Milburn en St.James'Park. La atmósfera de ese día fue increíble. Si pudiera haber embotellado ese sentimiento, lo habría hecho”. Y de haber sido así, seguro que junto aquella mágica Premier con el Blackburn, como un trofeo más, descansaría ahora en la vitrina de su casa. Seguramente no habrá mejor título que ese para Alan Shearer. El fantástico artillero de Newcastle cuya silueta ganadora con el brazo en alto y su exultante sonrisa no dejaba lugar a la duda. Lo había vuelto a conseguir.

miércoles, 25 de enero de 2017

JIMMY GREAVES, LAS VIDAS DE UN GOLEADOR





“Una vez tuve una sequía de gol. Fueron los peores 15 minutos de mi vida”. El público rompe a reir como acostumbra a hacer con cada irónico y jocoso comentario con los que el ya sesentón Jimmy Greaves salpica sus actuaciones desde los escenarios de los mejores locales de Londres. Bajo aquél canoso bigotón, Greavsie también esboza una pícara sonrisa. Sabe de lo presuntuoso y exagerado de aquella aseveración. Pero para sus adentros y para quienes le conocen saben que el bueno de Jimmy no va muy desencaminado. Pocos han tenido esa habilidad y eficacia en el noble arte del gol. Nadie habrá hecho más goles desde entonces para alguna de las grandes ligas europeas. Son los primeros años del nuevo milenio y toda aquella vida de éxito acomodando balones en el fondo de las porterías inglesas y las miles de anécdotas vividas allá por los 60, forman parte de su repertorio. Su estilo cercano, canchero y socarrón entusiasma a un público que ve en su ejecución la misma facilidad con la que apiló aquella montaña de goles en la que desde entones continúa descansando en lo más alto. Jimmy Greaves disfruta de manera tardía de lo que él mismo considera su segunda vida. Esa que cumplidos los treinta lo empujó desde la cúspide y sin avisar a un mundo desconocido en el que ya no valía con ser el mejor en lo único que llevaba haciendo desde niño. Meter goles.
 

El 20 de Febrero de 1940, recién iniciada la Segunda Guerra Mundial y meses antes de los bombardeos alemanes sobre las principales ciudades de Inglaterra, nacía James Peter Greaves en East Ham, cerca de Londres. Nunca fue un brillante estudiante. Quizás porque como a la mayoría de aquellos pequeños ingleses aprender un nuevo regate le parecía más importante que el lenguaje, el álgebra o las ciencias sociales. Jugar al fútbol era su vida. Todo el día si podía ser. Hasta que al caer la tarde, la tenue luz de las farolas no permitía distinguir rivales de amigos y decretaba para desencanto de aquellos niños el final de la contienda. Sobre aquellos húmedos empedrados de East Ham, Jimmy se distinguirá como uno de los mejores. El mejor cuando de hacer goles se trataba. Pronto llamará la atención del Chelsea que lo incorporará a sus categorías inferiores hasta que en 1957 hará su debut con el primer equipo. El rival, cosas del destino, el que será el equipo de su vida, el Tottenham. Lo hará con gol, como hizo con cada camiseta con la que debutó, incluida la de la Selección inglesa. Tras 4 años, 132 goles y 2 veces máximo artillero del Campeonato con los de Stamford Bridge, no pudo rechazar los cantos de sirena de un fútbol italiano económicamente mucho más poderoso por aquél entonces. Corría la 61/62 y el A.C. Milán de Cesare Maldini, Trapattoni y Rivera, a la postre Campeón de Europa la siguiente temporada se hacía con sus servicios. Su estilo imprevisible, su futbol de calle, su facilidad para moverse a su antojo para sin esperarlo acudir a la hora prevista a su cita con el gol, chocarían frontalmente con las ideas del técnico Nereo Rocco. Bajo los cimientos del Giusseppe Meazza, sobre la pizarra de sus vestuarios, Rocco esbozaba ya los trazos originales del primer catenaccio. Un estilo que viajará para quedarse en la genética del calcio italiano para siempre y que el inglés nunca asimilará. Greavsie dejará 9 goles en 13 partidos antes de volver a la libertad y el fútbol de ida y vuelta que su país le ofrecía. Bill Nicholson ofrecerá la curiosa cantidad de 99.999 libras para traerlo a su Tottenham y para que desde allí escriba las páginas más importantes de su carrera. Con aquella llamativa cifra no quiso que cayera sobre sus hombros la presión de convertir a Greaves en el primer jugador por valor de 100.000 libras. A partir de allí una cascada de éxito, títulos y goles. Goles de todas las facturas. Con una pasmosa facilidad sólo al alcance de muy pocos. 268 en 381 partidos. Goles decisivos, de cabeza, de tijera, de penalty, para cerrar goleadas. Goles que ayudaron a los Spurs a levantar dos FA Cups y una Recopa de Europa en 1963 y que convirtieron a Greaves en 4 veces más máximo goleador del Campeonato inglés. Su fama le puso a la altura de un grande de la época como Bobby Charlton. Junto a él jugó los mundiales del 62 y del 66, este último, en el que Inglaterra conquistaría el título en su propio país. Pero a pesar del éxito obtenido, aquél Campeonato supuso una enorme decepción para Jimmy Greaves. Aquél torneo llegaba en su mejor momento. Participó como titular en la primera fase pero cayó lesionado ante Francia en el último partido. Su lugar en el once titular en las rondas finales lo ocupará Geoff Hurst. Para la gran final Greaves ya recuperado esperaba recuperar su sitio en el once inicial pero el técnico Alf Ramsey siguió contando con Hurst. El hueco que la historia le tenía reservado lo ocuparon su compañero Hurst y sus tres goles en Wembley. La memoria del mundo del fútbol es corta y exigente el público con sus ídolos En la temporada 69/70 Greaves bajó su rendimiento y el interés del Tottenham en hacerse con los servicios del internacional del West Ham Martin Peters, llevó a un trueque y dio con Greaves en los Hammers. De allí en adelante su carrera se lanzará paulatinamente hacia un triste ocaso distorsionado tras el cristal de cientos de jarras de cerveza y decenas de botellas de vodka. Mediados los 70 intentará volver en equipos que hacían su camino por los suburbios del fútbol inglés, pero el alcohol ya había convertido aquella perfecta máquina de golear en un ex-futbolista sin rumbo.


Jimmy Greaves tocó fondo, se arruinó y lo perdió todo, incluida a su familia, hasta que en 1978 y tras pasar por varios centros de desintoxicación, tomó su último trago y se juró que ya no lo haría más. Se alejó para siempre del alcohol e intentó reconstruir su vida en busca de una segunda oportunidad. Su carácter afable y extrovertido le llevaron junto al ex-jugador del Liverpool Ian St. John a encontrar un hueco en los medios de comunicación. Ambos condujeron con éxito entre 1985 y 1992 el espacio televisivo “Saint and Greavsie” que analizaba desde un punto de vista divertido y diferente la inminente jornada de la Liga Inglesa. El fútbol más profesionalizado llegó y con ello la Premier League. No había hueco en ese escenario para la diversión de Saint y Greavsie. Pero Greaves se sentía bien en los medios. Cuando esa etapa terminó y aprovechando su tirón mediático se lanzó a los escenarios. Desde allí, y con su inconfundible estilo, contará al público presente los avatares de su vida. Cómo ser campeón del Mundo y sentirte frustrado. Cómo cambiar los billetes de la bella Italia por volver al encanto de tus maravillosas Islas. Cómo ser el mejor goleador del momento y que 15 minutos de sequía supusieran lo peor de tu vida. Una sequía que más adelante necesitó para apartar aquellas malditas botellas y poder disfrutar así de una segunda vida. Esa que cuando los grandes focos se apagaron y el balón dejó de rodar nadie le había enseñado a vivir. Y es que hasta ese momento el bueno de Greavsie vivía dedicado a lo que mejor se le daba. A divertirse fabricando una imponente montaña de goles.

domingo, 25 de diciembre de 2016

JEREZ: EL FUTBOL Y EL MINOTAURO


La rotonda del Minotauro en Jerez
El colosal Minotauro sigue esperando paciente desde el centro justo de la rotonda a la que desde 2003 da nombre. La custodia desde lo alto de sus 240 centímetros. Representa a la parte humana de la mitológica figura griega huyendo hacia Creta después de la batalla. Ve pasar la vida envuelto en la piel de bronce que el artista Víctor Ochoa le preparó y que el tiempo va manchando con el verde y negro del óxido de una incipiente vejez. Allí, desde ese lugar de la mágica Jerez, sigue pidiendo su pantalón blanco y su camiseta azul con el doce a la espalda. Bajo sus musculosas piernas, coches y más coches buscan en los largos tentáculos de asfalto de aquella rotonda, Dios sabe qué destino. Hacia la Bahía de Cádiz por la Plaza Madre de Dios. Enfilando el centro por la Calle La Cartuja. Buscando Sevilla por la Avenida de Nuestra Señora de la Paz. Siempre espectador de lujo de una ciudad que vive bajo el hechizante perfume a goma quemada. Trazando en el horizonte la curva definitiva bajo la desesperada búsqueda de una bandera a cuadros negros y blancos. Rossi o Márquez. Pedrosa o Lorenzo. Eterno debate sobre dos ruedas. Pero siempre vigilante el Minotauro. Embrujado por ese arte flamenco para el que Jerez ejerce de cuna. Sana rivalidad entre barrios. Dos maneras de abrazar al duende. El desgarro de San Miguel. Santiago y su pena controlada. Lola Flores, José Mercé y miles de seguirillas. Y entre cilindradas y soleás la estatua del Minotauro observa lo lejos que quedan los más de siete años desde que el fútbol le hiciera el protagonista indiscutible vistiendo su cuerpo desnudo con los colores del histórico equipo de la ciudad, el Xerez Club Deportivo. Aquellos meses en los que el fútbol en Jerez se coló entre adelantamientos imposibles y el racial taconeo de la última perla flamenca en ciernes. Ni debate ni rivalidad. En esos días la ciudad dejó de soñar despierta y por fin supo que iba a dormir entre los grandes. En los brazos de la Primera División del fútbol español.

“Orgulloso de ser jerezano y xerecista”. Breve pero contundente. Así es como mi amigo Jose se da a conocer en twitter. Jose vive en Sevilla con una maña que le robó el corazón a cambio de lo mejor que ella está a punto de darle. A la pequeña Irene no le falta nada para llegar. Ejerce de entregado maestro y es un apasionado del fútbol. Los magos blancos de la capital lo tocaron con su varita real y el brillo de sus trofeos para hacerlo uno de ellos. Hicieron bien parte de su trabajo pero él siente y respira, vive y muere por su Xerez Club Deportivo. El brillo en sus ojos calcando los movimientos en el tanto de Carlos Calvo allá por 2009 en Chapín lo dice todo. Un gol para un ascenso. Su sonrisa pícara contando las desdichas del vecino de amarillo. Será por guasa...El gesto de desolación  por la situación actual de su Xerez Club Deportivo. Un club que viene desangrándose durante años y que actualmente sobrevive por los suburbios del fútbol nacional. Ultrajado, manoseado y descuartizado por oscuros intereses políticos y económicos. Haciendo de sus oficinas la mejor de las barras libres, vaciando sus arcas y jugando con el sentimiento de una afición que sentía como aquello pasaba de mano en mano sin poder hacer nada. Su efímero tránsito por la categoría de oro del futbol español dio paso a una cascada de descensos deportivos y administrativos que han dado con el equipo en la recién creada División de Honor de la regional andaluza. En verano de 2013, Jose me contaba con cierta ilusión como de los rescoldos de su club de siempre, una llama volvía a dar luz e ilusión al fútbol en Jerez. En lo más bajo del balompié andaluz un nuevo club había inscrito su nombre. El Xerez Deportivo C.F. En poco más de tres días ya se habían afiliado más de 2000 personas. Al empezar la competición ya eran 5000, muchos de ellos procedentes del malherido Xerez Club  Deportivo, hastiados de una situación prácticamente irremediable y abocada a la desaparición de la entidad. Mi amigo Jose me hacía partícipe de su entusiasmo por aquél movimiento romántico que se estaba produciendo en su ciudad, pero él como muchos caminaba entre el enfrenamiento interior de dos mundos difíciles de conectar. Por un lado la frescura y la pasión por beber de los labios de la despampanante chica que había llegado a la ciudad. Por otro, el dolor por la necesidad de estar al lado en la agonía de un padre que te ha dado todo y al que perdía por momentos.

La meteórica trayectoria del recién creado Xerez Deportivo C.F. unido a la paulatina decadencia del histórico Xerez Club Deportivo hicieron que en Septiembre de este año ambos equipos cruzaran sus caminos en los ascensores del fútbol español. Un partido histórico para la ciudad con victoria por 1-2 para el Xerez Deportivo. Pregunté a Jose por sus sensaciones durante el partido. Su respuesta, mezcla de frustración y melancolía pero tan breve y contundente como su carta de presentación en twitter. No vio el partido. No podía ver a su equipo enfrentándose a su equipo, me dijo. Y tras la sombra del resultado de un simple partido de fútbol, la extraña sensación de vivir un tiempo difícil por culpa de la lamentable gestión de varios piratas sin escrúpulos. Antes el fútbol en Jerez lo tenía claro. El Xerez Club Deportivo monopolizaba el balompié de la ciudad y dejaba la rivalidad y los debates para los expertos del padock  y del tablao. Por culpa de aquellos indeseables, ahora vive la rivalidad absurda de dos entidades que desde la dignidad y la honradez buscan la hegemonía del fútbol de la ciudad desde una categoría que a Jerez no le corresponde. Mi amigo Jose vuelve a casa para ver a su gente cada cierto tiempo. Cuando la abandona buscando Sevilla por la Avenida de Nuestra Señora de la Paz busca con su mirada al Minotauro gobernando su rotonda. Comparten la ilusión de verlo de nuevo enfundado en unos colores que representen a la ciudad y de los que Jose pueda sentirse orgulloso. En la actualidad es difícil saber cuáles serán. Como la escultura del Minotauro, el fútbol en Jerez continuará librando su particular batalla moderna. Como en la obra de Víctor Ochoa muchos esperan que la parte humana derrote a la bestia y huya hacia un mundo mejor. Que un solo Xerez derrote a la rivalidad actual y todo vuelva a la normalidad. Que el Minotauro luzca orgulloso los colores del equipo de su ciudad y un doce en su espalda. Estoy seguro que a mi amigo Jose es lo que más le gustaría.

viernes, 9 de septiembre de 2016

BUNBURY: DISFRUTARLO SIN SER FAN

Enrique Bunbury, genio y figura
Si la melomanía adquiriera tintes deportivos y hubiera una clasificación en la noble práctica de la Bunburymanía (permítaseme la expresión) a buen seguro que el que escribe estaría luchando por salvar la categoría. Y podría afirmar con rotundidad que varias decenas de mis seres queridos y muchos conocidos andarían en una encarnizada batalla por los puestos Champions cuando no peleando por el título de Campeón en fidelidad y vastos conocimientos de la obra de este maño universal. El género musical no pasa por ser uno de mis fuertes. Me considero más de canciones que de artistas o géneros. Quienes han sufrido mi música saben de que hablo. Frank Sinatra puede esperar paciente su momento a que las palmas de los Gipsy Kings dejen de sonar. Freddie Mercury puede continuar su show entre el carro de Manolo y la Pantera de Mónica Naranjo. La anarquía hecha caos. Un totum revolutum melódico. En esos tiempos mozos en el que a todos el cielo se nos abre, las emociones nos llueven y empiezan a saturar los poros de nuestra piel, la chispa de ese maldito duende no me visitó. Quizá me pilló en una de mis primeras finales de Copa. O quizá me susurró al oído el descaro de una de sus letras y no supe leer entre líneas. El caso es que por aquella época mi pobre repertorio moría cual sirena varada entre dos tierras. Poco más. En cambio, los fines de semana, tras los muros de aquellos garitos de la zona con más rollo de mi ciudad, hoy presos entre rejas, carteles de alquiler y algún que otro “brodel” latino de gorras imposibles, los primeros punteos de la banda zaragozana, escupidos por aquellos enormes bafles desataban la locura. El éxtasis se apoderaba de aquellos héroes imberbes que hasta ese momento buscaban su sitio en el local repartiendo tragos y miradas furtivas a las rubias del local. Oscurecían sus voces, convertían sus brazos en la mejor de las guitarras eléctricas y exhibían el pulmón que los primeros cigarros todavía no conseguían torpedear.

El pasado sábado asistí con mi compañera de vida al concierto de Enrique Bunbury en nuestra ciudad, Zaragoza. Es ya el tercero en total y el segundo en poco tiempo. Sabe que después de aquél momento juntos en Liverpool cumpliendo mi sueño de un partido en Anfield me tiene en conciertos de Don Enrique hasta nuestra próxima vida y volver. Juego con la extraña sensación que ofrece mi franca distancia emocional con el artista y la pasión desatada de todos aquellos fieles. Ataviados para la ocasión con el protocolario color negro de tan importante visita real. En sus rostros ganas de una noche histórica. De desempolvar viejos vinilos. De atacar nuevas estrofas. Siguiendo a su líder hasta el infinito y mil canciones más. Los focos se encienden. En el escenario una bestia interpretativa. Un actor de gestos desafiantes. De miradas al vacío entre el público en busca de nadie y de todo el mundo a la vez. Una personalidad arrolladora que sabe acariciar como nadie la mística del momento y que ofrece un producto único imposible de mantenerte cercano a la indiferencia.  


Las luces van apagando una noche mágica. Puede que después de este espectáculo haya escalado algún puesto en aquella imaginaria clasificación. No sé si hasta el punto de que Alaska y Raphael permitan una avalancha de nuevas canciones de Enrique en la sinrazón de mi repertorio. Es maravilloso observar cómo pasan los años y las ganas de esos fieles por reencontrarse con Bunbury siguen intactas. Acompañadas en algunos casos por el surco amable de alguna arruga y el brillo plateado de alguna incipiente cana. Y es que a veces tu felicidad consiste en saber extraer lo mejor de cada momento aunque como el pasado sábado sea el momento de los demás. Y en los tiempos que corren ver feliz a la gente vale mucho. Por eso disfruto del ímpetu de aquella legión de cuarentones que dos décadas después siguen jugando a ser héroes dueños de guitarras eléctricas inventadas. De varios litros de calimocho. De los saltos de felicidad de Vicky. Y de un vals agarrado a ella cuando Enrique, después de haberlo dado todo, nos susurra que ya se va acercando el final.

domingo, 17 de julio de 2016

ÉPILA, VEINTE AÑOS Y DOS ABRAZOS

Veinte años no son nada...
Desde siempre me fascinó la celebración de un gol y toda su puesta en escena. El futbolista y la desaforada búsqueda de su reivindicación. El alimento del ego propio como primer acto y el mensaje claro y conciso de que él y nadie más que él acaba de poner en contacto pelota y red. Que esa obra, naïf, realista o abstracta, va a llevar su firma para siempre. Ese es su momento y todos deben saberlo. Una pequeña carrera hacia donde no haya nadie. Para que todos le vean bien. Y ese ritual, a veces espontáneo, la mayoría de las veces premeditado. El salto con giro y brazo en alto del sueco Brolin. Las danzas tribales de Roger Milla. Ronaldo Nazario y las alas desplegadas de  su avión. Pistoleros, arqueros, señales al cielo. Contorsionistas, embarazadas, fabricantes de corazones. Un festival imaginativo individual previo al gesto grupal más conocido tras el gol, el abrazo. Compartido con la magia del guante que hizo de un último pase la mejor de las asistencias. Con el resignado compañero que hoy es carne de banquillo y que con una sonrisa le ha dicho:- Hoy haces uno-. Con ese esforzado utillero que se acuerda de todo y del que nadie parece acordarse. Con nueve compañeros y el dedo de su portero buscando un gesto de complicidad desde la soledad de las cuatro rayas de su área. Con todo el Estadio si pudiera. El abrazo, señal inequívoca de éxito en equipo. Uno de los gestos más maravillosos que la vida, el deporte y el fútbol en particular nos puede regalar y que en nuestro día a día tanto nos cuesta practicar…

Hay un momento en la vida en el que la realidad te visita. Arrebata tus legítimas ilusiones de niño y las va guardando en un cajón. Esparce tierra y grava sobre la hierba milimétricamente cortada del Estadio de tus sueños para que llenes tus piernas de señales a cambio de cuatro duros. Despierta, jamás serás portada. Si acaso la breve reseña de un gol importante en un momento decisivo. Pero a cambio te ofrece descubrir situaciones maravillosas. Personas que no conocías en lugares que nunca antes habías pisado. Ilusión, entrega y trabajo bajo unos colores en común, que van convirtiendo el objetivo en un sueño. Es el fútbol regional, el de verdad, donde la fuerza de un abrazo tras el gol hace crecer al equipo y aleja los egos. Donde el fútbol todavía intenta conservar toda su esencia. Donde un grupo sólido y unido es capaz de cualquier cosa. A mis cuarenta años una efeméride ha retrotraído mi memoria a esa época casi olvidada pero todavía latente. Un equipo en mayúsculas. Un cesto lleno de bocadillos a pie de autobús. La escalada en la clasificación. El sufrimiento físico entre semana en aquél Parque Grande que llegué a odiar con todas mis fuerzas. Su recompensa las tardes de los domingos volando sobre el campo. Carreras en la cola del pelotón, entre calor, lluvia o frío a la sombra de aquél gigante cercano y humor socarrón que en el área contraria la bajaba como quería y no conocía a nadie. Nuestro “Lubo” Penev. Él movía muchos kilos. Yo sólo era un “perro” que se dejaba llevar hasta allí atrás. No recuerdo qué podíamos conversar en aquellas interminables carreras. No sería mucho porque no nos daba de sí el aliento. Pero sí sé que aquellos domingos, cuando nuestro portero enviaba el balón al cielo yo sólo tenía que correr a su espalda, y ver con el rabillo del ojo cómo con el implacable marcador pegado a su nueve, elevaba toda su humanidad y peinaba el balón. Sólo quedaba intentar meterla para buscar un nuevo abrazo. Hasta ochenta y ocho de todo el equipo durante aquella fantástica temporada. La que fuimos los mejores…

Durante el último mes esa efeméride me ha llevado a dar dos abrazos tan emocionantes como distintos en sus sensaciones. Ambos relacionados con Épila y aquella inmejorable experiencia que a lo largo de esos días cumplía veinte años. Uno a José, al “presi” de esa temporada. Abrazo largo, sentido, el recuerdo de ese gol decisivo y las firmas en aquél paraguas rojiblanco con el que arrancamos del Pirineo medio ascenso a Tercera. Dos décadas que parecían sólo dos domingos. El otro a Quique, el hermano de mi compañero de aquellas malditas carreras por el Parque. Abrazo de ánimo y fuerza. Javi se ha marchado sin avisar. Hacía mucho que no sabía de él. Casi tanto tiempo como años sin ver al “presi”. Dicen que la vida le sonreía. Que andaba loco con su pequeño de 7 años y que seguía con ese humor que le hacía inconfundible. Puta vida. Cuando pasen otros veinte años espero seguir sorprendiéndome con la puesta en escena de un gol y toda su parafernalia. Espero que para entonces el abrazo siga siendo el punto culminante de una celebración. En el fútbol regional, en el de verdad, me ha quedado demostrado que es la herramienta perfecta para sentir que veinte años no son nada. Que puede unirte para siempre con personas que no conocías en lugares que nunca antes habías pisado. Que te puede hacer recordar momentos inolvidables. Parques, bocadillos, paraguas, balones al cielo de tu portero. Para entonces ya no habrá peinada para una nueva carrera. “Lubo” la bajará allí arriba, la meterá adentro y nos esperará dentro de muchos años para darnos un nuevo abrazo.